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Los hechos:

Bijeh, Mohammed.
El Vampiro del Desierto.
1981.
Teherán [Irán].
Familia pobre.
Elementales.
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-.
Violación y asesinato de 16 niños y tres adultos.
Con engaños, llevaba a sus víctimas al desierto donde eran masacradas.
Condenado a cien latigazos y ahorcamiento. Se cumplió en marzo de 2005.
Adicto a la heroina.

A Bijeh se le pudieron probar 19 crímenes, todos ellos cometidos entre marzo y septiembre de 2004, pero, dada la inexplicable desaparición de otros niños en su radio de acción, se especula con la posibilidad de que cuando fue detenido llevara ya cerca de dos años en la tarea. Pese a no tratarse de una tipología criminal común en los países islámicos, la detención de Bijeh y su cómplice -Ali Gholampour- no fue rápida a causa de la procedencia de sus víctimas. La mayor parte de los chicos vejados y asesinados por el Vampiro del Desierto procedían de familias afganas, muchas de ellas refugiadas ilegalmente en Irán, por lo que existía un temor generalizado a la hora de denunciar los hechos a las Autoridades.

El modus operandi de Mohammed Bijeh resultó ser el tópico en este tipo de asesinos. Selección, aislamiento del sujeto y aniquilación. En este caso, Bijeh y Gholampour se pateaban la población de Pakdasht, una ciudad suburbial y mísera ubicada unos treinta kilómetros al sureste de Teherán, en busca de sus potenciales víctimas. Una vez seleccionado el sujeto -la mayoría de ellos con edades comprendidas entre los ocho y los quince años- se aproximaban a él amigablemente para invitarle a "ir de caza". De este modo, el trío se adentraba en el vasto desierto sur de la capital iraní. Lo demás era sencillo. Una vez aislados, los chicos poco podían hacer frente a la furia homicida de Bijeh que primero los sodomizaba y, posteriormente, procedía a estrangularlos. La mayor parte de los cadáveres eran luego quemados y semienterrados. Por lo que se sabe, Ali Gholampour participaba activamente en la selección y posterior secuestro de los muchachos, pero no en los vicios de un Bijeh que se atribuyó a sí mismo todos los crímenes. Gracias a ello, Gholampour (también conocido como Ali Baghi), no compartió su misma suerte en el patíbulo.

La justicia islámica, que en ningún caso muestra piedad alguna ante este tipo delincuencial, fue implacable con Bijeh en un juicio rapidísmo. Condenado a recibir cien latigazos antes de ser ahorcado públicamente (la justicia iraní contempla la ejecución pública en los casos de especial trascendencia como este), Mohammed Bijeh fue sometido al castigo medieval tan sólo seis meses después de ser detenido.

La ejecución tuvo lugar en la plaza de Pakdasht y ante una muchedumbre emfebrecida de 5.000 personas que no cesó de aplaudir entretanto increpaba al asesino. Con el torso desnudo y las manos esposadas a un poste, fueron los propios parientes de las víctimas los encargados de azotarle. Uno de ellos, Rahim Younessi, se atrevió incluso a acuchillarle en la espalda ante la complacencia de los policías que escoltaban al prisionero. El castigo fue prolongado en la medida que Bijeh hincó sus rodillas en tierra en múltiples ocasiones antes de que se le propinaran los cien latigazos. Posteriormente, se colocó una soga de nailon (proporcionada por la madre de uno de los chicos asesinados) en torno al cuello del condenado y se le colgó de una grua. El cuerpo de Bijeh fue elevado sobre la concurrencia -que lanzaba piedras y vociferaba incesantemente- y permaneció veinte minutos suspendido en el aire sobre la plaza. Acto seguido fue descendido a fin de que un médico certificase su fallecimiento.

Ali Gholampour, por su parte, también fue condenado a cien azotes y, asimismo, a quince años de prisión por su complicidad con el Vampiro.

No todos los presentes en la ejecución compartieron la algarabía generalizada. En Irán existen voces críticas contra las ejecuciones públicas que manifiestan abiertamente su desacuerdo en la medida que dañan la imagen internacional del país y, por simpatía, del islam. Del mismo modo, entienden que estas prácticas no hacen otra cosa que fomentar la violencia. De este modo, uno de los espectadores, Dariush Mehraban, comentó al periodista Steven Morris: "Muchos criminales son ahorcados como en este caso, pero ello no reduce los delitos. Es horrible que alguien reciba este tratamiento por terribles que sean los crímenes que haya cometido. La venganza no es una solución".


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