Nombre completo:
Aliases:
Fecha de nacimiento:
Lugar de nacimiento:
Procedencia:
Estudios:
Oficio reconocido:
Ocupación habitual:
Cargos:
Modus operandi:
Sentencia:
Curiosidades:

Los hechos:

Constanzo, Adolfo de Jesús.
Padrino de Matamoros / Padrino Cult.
1 de noviembre de 1962.
Miami [Florida / EE. UU.].
Hijo de inmigrantes cubanos.
Elementales.
Ninguno.
Gurú / Brujo / Adivinador.
Tráfico de drogas / Asesinato en masa.
Vendía sus servicios espirituales a los cárteles de la droga mejicanos.
No se le capturó con vida. Murió a manos de uno de sus secuaces.
Consideraba que los rituales eran inútiles si las víctimas no morían gritando.

Fue la madre del niño Adolfo, Delia Aurora González, mujer aficionada hasta la obsesión con los asuntos relativos a la brujería, quien se encargó de llenarle la cabeza de historias extravagantes. De hecho, había adquirido tal convencimiento de que su hijo era un elegido, que contaba tan sólo con seis meses de vida cuando se empeñó en que fuera bendecido por un sacerdote haitiano del culto Palo Mayombe. Una secta de procedencia congoleña cuya práctica está bastante extendida en el Caribe. A partir de ahí, la infancia y juventud de Adolfo giraron en torno al oscuro mundo de la secta, de cuyos secretos recibió cumplida información de la mano de su progenitora. Juntos asaltaron cementerios a fin de obtener aderezos para el caldero de los sacerdotes. Juntos empapaban muñecos vudú en sangre para maldecir a sus supuestos enemigos. Juntos elaboraron pociones y filtros con los que apropiarse de los beneficios de sus oscuras deidades.

Ocurría, además, que Constanzo se convirtió con el paso de los años en un hombre atractivo, seductor, dotado para la manipulación y el engaño. También era homosexual, pero ello jamás le impidió tener relaciones con mujeres si la situación así lo requería. Era tan eficaz a la hora de embaucar a los clientes que él y su madre atendían que pronto fue perfectamente consciente de los resortes psicológicos que debía pulsar en cada caso. Así, inexorablemente, los mafiosos, artistas, policías e incluso políticos que iban desfilando por los rituales a fin de protegerse de supuestas maldiciones y malas vibraciones, no sólo comenzaron a pagar grandes sumas por hacerse con sus servicios sino que extendieron su fama.

El éxito definitivo le llegó cuando hizo su primera gran predicción al pronósticar el atentado contra el presidente Ronald Reagan, acaecido en 1981. El futuro pintaba bien, pero no era suficiente. Constanzo quería más dinero y sólo había un modo de obtenerlo: llevar las cosas al extremo. Cuanto más retorcidos y terribles fueran los ritos, más dinero en juego. Ni que decir tiene que todo ello estaba aderezado con los delirios de una mente contaminada desde la cuna, retorcida, enfermiza, monstruosa. Fue de esta manera que en 1983 decidió entregarse al lado oscuro del Palo Mayombe y vendió su alma y sus servicios a Kadiempembe, el equivalente del Satán cristiano. Tras hacer que, durante la ceremonia, los símbolos del mal le fuesen grabados en el cuerpo con un cuchillo, se sintió todopoderoso. Invencible. Tras el ritual, Adolfo de Jesús Constanzo se trasladó a México D.F. Allí había más superstición que explotar, más dinero negro de obtener y menos complicaciones con la justicia. Fue entonces que fundó su propia secta y reunió en torno suyo a los primeros acólitos y discípulos; Martín Quintana y Omar Orea. Y su fama se iba extendiendo. Los narcotraficantes y hampones locales se convirtieron en clientela habitual al punto de solicitar del gran sacerdote Constanzo cosas tan ridículas como la inmunidad a las balas. Los precios de rituales de este tenor alcanzaban cifras exhorbitantes. Cierto que parece estúpido que alguien estuviera dispuesto a pagar por estos servicios, pero no menos incomprensible es el hecho de que la clientela creciera en progresión geométrica, sobre todo si se tiene en cuenta que entre los habituales empezó a contarse incluso el comandante de narcóticos mexicano Salvador García. Vivir para ver.

Como es lógico, la pendiente de degradación adoptada por Constanzo no tardó en degenerar en los sacrificios humanos. Los calderos en los que preparaba sus filtros y pociones comenzaron a rebosar de la sangre, los huesos y las vísceras de sus víctimas. Y el ritual, para ser exitoso, exigía que los sacrificados murieran entre terribles sufrimientos y alaridos.

La lujosa vida del gurú Constanzo, pagada en gran parte por el cartel de la familia Calzada, uno de los más importantes de Mexico y para el que Adolfo trabajaba practicamente en exclusiva desde 1986, no sirvió para que su ambición se aplacase. Al contrario, Constanzo exigió a los Calzada una parte del negocio en la medida que entendía que buena parte de las ingentes ganancias se debían a sus rituales. No hubo caso. La negativa del cartel motivó la terrible venganza del sacerdote de Kadiempembe: en 1987 Guillermo Calzada y seis de sus secuaces se esfumaron. Sus cuerpos fueron encontrados, mutilados, tiempo después. Sin duda, habían alimentado el caldero -y dicen que el poder- de Adolfo de Jesús Constanzo. Tras ello, la secta se desplazó a la ciudad de Matamoros, fronteriza con los Estados Unidos. Allá conoció a Sara Aldrete, una atractiva mujer que fue inmediatamente subyugada por el brujo hasta convertirse en su sacerdotisa y amante.

Con el concurso de Sara -hija de un electricista, inteligente, estudiosa y que habría tenido un interesante futuro de no haber mostrado siempre una inquietante tendencia a enamorarse de los malos-, Adolfo entró en contacto con el clan de los Hernández. Convenció a su jefe, Elio Hernández, de que el gran Kadiempembe no sólo les protegería contra todo mal, sino que además se encargaría de multiplicar las ganancias. El precio convenido fue nada menos que un cincuenta por ciento del negocio. Hecho el acuerdo, el Padrino Constanzo y la Madrina Aldrete se instalaron en el rancho Santa Elena, cercano a Matamoros, donde desarrollaron sus actividades. Habría poco sexo entre ellos, pues el gran gurú prefería los servicios de Quintana y Orea, qué se le iba a hacer.

Las cosas, no obstante, fueron viento en popa. Constanzo y los Hernández eran capaces de introducir nada menos que una tonelada de hachis por semana en los Estados Unidos... La contrapartida de los enormes beneficios era obvía: Los ritos requeridos por la protección del Palo Mayombe eran cada vez más frecuentes, salvajes y espantosos. Alimentar el puchero de Constanzo se hacía cada vez más complicado y a ello se añadía el problema de que los lugareños a los que habitualmente se sacrificaba no parecían gritar lo suficiente para satisfacer al temible Kadiempembe. Quizá un gringo gritase más fuerte. El sacerdote, al disponer las cosas de tal manera, iba a cometer un gran error. Su último error.

A comienzos de 1989 se puso al gringo solicitado en sus manos. Se trataba de Mark Kilroy, un turista veinteañero. Uno de los muchos jóvenes estadounidenses que cruzan la frontera mejicana en busca de exotismo, drogas, sexo y alcohol fáciles. El joven fue horriblemente desmembrado al punto de que muchas de las partes de su cuerpo que no terminaron en el caldero, como su espina dorsal, se convirtieron en piezas para abalorios protectores. El problema era que Kilroy no era uno de esos nadies a los que Constanzo estaba acostumbrado a triturar. Se trataba de uno de los retoños de una influyente familia norteamericana cuyos tentáculos alcanzaban esferas políticas muy altas. La recompensa ofrecida por algún dato sobre el desaparecido fue enorme, pero no menos grande resultó ser el conflicto diplomático que se produjo entre México y los Estados Unidos a espaldas del Padrino de Matamoros. Su suerte estaba echada.

La policía entró a saco en el caso y los Hernández se esfumaron. El encargado de pasar los envíos de droga a través de la frontera, David Serna, fue detenido y contó a sus captores todo cuanto necesitaban saber y mucho más. Los horrores del rancho Santa Elena se destaparon el 11 de abril de 1989. Junto con los desechos de los rituales se encontraron los restos de 15 cadáveres -Kilroy incluído-, pero ni rastro de Constanzo y sus acólitos, quienes habían huído tras ser alertados por un viejo cliente; el comandante de narcóticos Salvador García Alarcón.

La secta, acorralada de suerte implacable, se instaló discretamente a finales de abril en un apartamento de México D.F. De allí Constanzo ya no saldría nunca, y por casualidad. Resulta que el día 6 de mayo unos policías llamaron a la puerta. Los agentes buscaban a un niño perdido pero el gran adivinador creyó que iban a por él y abrió fuego... El poderoso Kadiempembe debía estar en otra cosa. Ni que decir tiene que la policía -advertida de la presencia del narcosatánico- acordonó la zona de inmediato. Tras un tiroteo de 45 minutos, Adolfo de Jesús Constanzo se dio por vencido, pero no estaba dispuesto a entregarse con vida. Entregó su ametralladora a Álvaro Valdés -el Duby- y pidió que le matase allí mismo. Quintana, solidarizándose con el Padrino, se puso a su lado dispuesto a morir con él, y ambos fueron obedientemente ejecutados. A continuación, el resto del grupo se entregó. Lo divertido del caso vino cuando Sara Aldrete, durante el juicio, explicó que los moyamberos la tenían retenida contra su voluntad y que no era culpable de nada en absoluto... Una excusa muy vista. Orea, por su parte, nunca sería juzgado pues murió de sida.

Lo cierto es que nunca se sabrá a ciencia cierta a cuántas personas asesinó el paradigma del narcosatanismo, ni hasta qué punto llegaban sus influencias aunque se llegó a detener a más de doscientas personas vinculadas de un modo u otro a sus andanzas. Sólo se les pudieron probar las muertes de los quince cadáveres desenterrados en el rancho Santa Elena que, por cierto, fue quemado hasta los cimientos.

Hay que ver en qué cosas cree la gente.


arriba
AVISO LEGAL: Todos los contenidos de esta página están debidamente registrados y sujetos a la Ley de Propiedad Intelectual. Si utilizas alguno de ellos (que para eso están), no olvides recordar dónde lo encontraste. Gracias por tu colaboración.