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DeFeo, Ronald Joseph.
Butch.
1951.
Nueva York [NY/USA].
Clase media acomodada.
Medios, no concluídos.
Ninguno.
Empleado en una empresa familiar.
Asesinato de seis personas [sus padres y sus cuatro hermanos].
Los tiroteó con un rifle de gran calibre mientras dormían.
Seis condenas consecutivas de 25 años [una por cada asesinato].
Su abogado trató de librarle de la cárcel argumentando que estaba poseído.
El archifamoso asesinato en masa perpetrado por Ronnie DeFeo durante la madrugada del 15 de noviembre de 1974 ha quedado ensombrecido por la peripecia que, según se dice, vivieron con posterioridad los Lutz, la familia que compró la propiedad en la que sucedió todo. De hecho, que la casa del 112 de Ocean Avenue en Amityville (Long Island) se convirtiera en el singular epicentro de una historia de fantasmas, posesiones diabólicas y otras simplezas afines, llegaría a ser indecéntemente utilizado por el abogado del propio DeFeo -William Weber- para tratar de exculpar a su defendido. La celebridad que, tanto la ávida prensa amarilla como el libro escrito por Jay Anson, dieron a la historia de los Lutz ha impregnado el horroroso crimen cometido por Ronald DeFeo Jr., convirtiéndolo en un simple y extravagante prólogo para acontecimientos supuestamente mucho mayores, pero bastante menos ciertos. Hasta doce películas -a cual peor- se han inspirado en la casa encantada de Amityville convirtiendo a George y Kathy Lutz en una maravillosa fábrica de dólares y cuentos chinos. No es para menos. El libro de Anson es bueno, está bien construido y pese a no tratarse de una maravilla literaria tiene esa gracia tópica del best-seller que lleva al lector a tragárselo de una sola vez (para muestra, un servidor). No es para menos si tenemos en cuenta que, antes de dar el pelotazo literario, Jay Anson se había ganado la vida escribiendo guiones cinematográficos... Jay no era Cervantes, desde luego, aunque no cabe la menor duda de que sabía contar una historia. Pero hagámos en este punto los debidos honores a la trágica verdad, la masacre de los DeFeo, puesto que al final volveremos al caso del más allá.
Para comenzar con la narración como es debido, aclaremos que en torno al crimen de Ronald DeFeo se han construido muchos relatos inciertos, o escasamente documentados, que lo han dotado de matices tenebrosos pero en absoluto reales. Por ejemplo, se cuenta habitualmente que Ronald DeFeo puso somníferos en la sopa de sus familiares para, una vez dormidos, trasladarlos a sus camas y asesinarlos en ellas de un tiro en la cabeza. No es verdad. Los cuerpos fueron encontrados en el mismo lugar en que fueron tiroteados -sus propias camas- y presentaban heridas en diferentes lugares de su anatomía. Los análisis toxicológicos no hallaron restos de fármaco alguno en sus cuerpos. El hecho de que todos estuviesen tumbados decúbito prono (o boca-abajo) en el momento de su muerte es meramente casual y, por lo demás, perfectamente explicable pues es habitual que personas que comparten su existencia tiendan a adoptar posturas similares, o congruentes, durante el sueño. Otro mito célebre indica que el asesinato múltiple tuvo lugar a las 3:15 horas en punto de la madrugada, pero se trata de una especulación. Los archivos policiales indican, tan solo, que los crímenes debieron tener lugar entre las 2:30 y las 3:30 horas (esto de la exquisita puntualidad fue una creación literaria posterior de Jay Anson y quien quiera conocer los motivos del invento, tendrá que leerse el libro). También se ha especulado con la posibilidad de que Ronnie DeFeo se entretuviera realizando rituales satánicos en un cuartito rojo oculto en el sótano de la casa, pero lo cierto es que este extremo nunca ha podido demostrarse y que el asesino jamás habló de ello antes de que esta historieta fuera publicada a posteriori, de lo cual cabe deducir que simplemente se subió al carro del amarillismo para sustentar su propia defensa. Lo cual es un rasgo tópico de carácter en los antisociales manipuladores como el bueno de Ronnie.
Lo cierto y verdad es que no hay que buscar explicaciones sobrenaturales al terrible crimen y, de hecho, no existe constancia alguna de que los DeFeo hubieran experimentado sucesos paranormales en aquella casa de estilo colonial holandés que su primer propietario erigiera en 1928. Tampoco hacía falta porque, al parecer, el ambiente se encontraba ciertamente envenenado en el seno de aquella familia numerosa desde hacía años.
Ronald DeFeo Sr., por lo que se sabe, era un hombre de dos caras. Bivalente. Fuera del hogar se mostraba como un sujeto dulce, atento y encantador, pero quienes le conocían bien cuentan que de puertas adentro solía mostrarse extremadamente autoritario y exigente con sus hijos, a los que gobernaba en régimen militar. Esta actitud dura -en ocasiones incluso cruel- desembocaba a menudo en graves enfrentamientos y discusiones con su esposa, Louise. La verdad es que todos en aquella familía se sometían de mejor o peor grado a la tiranía del señor DeFeo excepto su primogénito, Ronald -Butch- que tendía a llevarse la peor parte en aquél régimen despótico, pero que a la par solía mostrarse arrogante y poco servil. En definitiva: Ronald Sr. y Ronald Jr. eran astillas de la misma madera.
El medio que Butch encontró para vengarse de esta actitud paterna fue, obviamente, el de convertirse precisamente en aquello que su padre más detestaba: un mal estudiante, un vago, un golfo, un bebedor compulsivo y, al fin, un adicto a diferentes tipos de drogas. Fuego para combatir el fuego. Sintiéndose como un animal enjaulado desde la adolescencia, Butch optó por reducir al mínimo su relación con el resto de la familia, solía encerrarse durante horas en su cuarto y en las raras ocasiones en las que se presentaba en el colegio no hacía otra cosa que buscarse problemas. Al parecer, sólo encontraba cierta complicidad en su hermana inmediatamente menor, Dawn, con la que mantenía una relación que podría considerarse amigable.
El odio fue creciendo, y la vida familiar empeorando. Con 17 años, los padres deciden sacar a Ronald del colegio y le ponen a trabajar. Peor todavía pues del consumo de drogas Butch pasó a los robos (se sospecha que llegó incluso a apropiarse 30.000 dólares de la empresa de su abuelo, en la que estaba empleado, si bien lo negó reiteradamente argumentando haber sido víctima de un atraco) al tiempo que, paulatinamente, iba quedándose sin amigos y sumiéndose en una espiral de terrible soledad de la que sólo parecía salir cuando contaba con dinero fresco en el bolsillo. Fue por estos días que el joven DeFeo comenzó a aficionarse a las armas, de las que siempre contaba con diferentes tipos, pero que raramente solía utilizar. Se limitaba a manipularlas, observarlas, cambiarlas o venderlas cuando se veía apremiado económicamente y poco más. Por supuesto, los altercados con papá DeFeo continuaron su escalada hasta que, irremediablemente, se pasó de las palabras a los hechos: durante una de las graves discusiones que su padre mantenía con su madre, Butch tomó uno de sus rifles, apuntó directamente a su progenitor y apretó el gatillo. El arma se encasquilló evitando el desastre, pero la posterior amenaza de Ronald fue clara y explícita pues le indicó que si seguía maltratando de aquella manera a la familia no dudaría en matarle. Ronald DeFeo Sr., simplemente, quedó tan atónito que ni abrió la boca.
Es probable que cuando los DeFeo adquirieron la excelente casa del 112 de Ocean Avenue, lejos del ruido y las tribulaciones urbanas de Brooklyn, pensaran que aquel cambio significaría el principio de una mejora en su vida familiar, pues Ronald DeFeo Sr. no dudó en colocar a la entrada un cartelito en el que podía leerse Grandes Esperanzas. Pero la suerte estaba ya echada pues a los pocos meses del traslado -todavía con el asunto del robo en el negocio familiar caliente- Butch estalló. En la noche de autos, cuando estaba completamente seguro de todos se encontraban en la cama y perfectmente dormidos, Ronald echó mano de su rifle del 35 y aguzó el oído. Iba a terminar con todos los reproches, odios y miedos de la familia de una vez y para siempre. La fantasía que había urdido durante meses iba a hacerse realidad.
Visitó en primer lugar el dormitorio de sus padres. Sin dudarlo, disparó en ocho ocasiones sobre la cama provocandoles diferentes heridas mortales de necesidad. Acto seguido visitó el cuarto de sus hermanos y repitió la operación... Y concluyó en el cuarto de las chicas, a las que descerrajó sendos tiros en la cabeza. Todo en apenas tres minutos. Ya estaba. Fuera el perro ladraba y a Ronald le pareció increíble que nadie hubiera oído semejante escándalo nocturno en un vecindario tranquilo como aquel. Pero así era. A continuación, Butch preparó su coartada pues era plenamente consciente de que se convertiría en el primer sospechoso. Planificador... Luego ni enajenado, ni poseído, qué le vamos a hacer.
Tras despojarse de la ropa ensangrentada y ducharse, lo metió todo -rifle incluído- en una funda de almohada y se deshizo del atillo en una alcantarilla. Luego cogió el coche y se encaminó hacia Long Island para asistir a su trabajo con toda normalidad. Para consolidar la coartada, a lo largo de la mañana, realizó varias llamadas telefónicas a su casa y simuló ante todos una grave preocupación por el hecho de que nadie respondiera. Finalmente, a la hora del regreso, se aseguró de ir acompañado de algunos amigos a fin de poder escenificar como era debido el drama familiar. Fue uno de ellos, afectado por la situación, quien llamó a la policía que se personó en la finca de los DeFeo con celeridad... Pero todo era muy raro pues no había pista alguna, ni móvil, y la coartada de Ronald parecía sólida: manifestó con naturalidad que aquella noche no pudo dormir pues padecía insomnio -lo cual era cierto-, que había permanecido hasta las cuatro de la madrugada viendo la televisión, y que posteriormente se había arreglado y marchado al trabajo sin notar nada extraño. El problema es que este detalle no se ajustaba a la hora de la muerte estimada por los forenses. Tampoco el hecho de que un agente tenaz había encontrado en el cuarto de Ronald dos cajas vacías de munición para un rifle del 35. De tal modo, tras largos interrogatorios, Ronald DeFeo se derrumbó reconciéndose culpable si bien dijo no estar arrepentido.
Dado que la defensa de Butch se acogió al socorrido argumento de la locura, a William Weber le vendría de perlas la historia paranormal urdida por el matrimonio Lutz. No en vano, el psiquiatra escogido por el defensor de Ronald no fue otro que Daniel Schwartz, un prestigioso especialista que tiempo después se haría célebre al ocuparse del famoso asesino en serie David Berkowitz. Al igual que en el caso de el Hijo de Sam, Schwartz se cubriría de gloria con Ronald DeFeo puesto que no dio ni una en el diagnóstico, siendo fácilmente rebatido por el menos famoso pero más perspicaz psiquiatra de la fiscalía: Harold Zolan.
Lo cierto es que el propio fundador del Instituto de Parapsicología Americano, Stephen Kaplan, decidió tomar cartas en la historia de Amityville... a Kaplan el asunto de los Lutz siempre le había parecido un fraude, y la prueba más obvia de ello la obtuvo cuando el propio George Lutz renunció a que investigase la casa del 112 de Ocean Avenue al ser advertido de que si aquello era una estafa, no dudaría en contarlo. Lo cierto es que tiempo después Kaplan pudo trabajar en la casa sin encontrar absolutamente nada destacable. El problema es que los medios de comunicación alimentaron -y siguen alimentando- de tal manera la falacia de la casa embrujada de Amityville (la más embrujada del mundo) que los Lutz no tuvieron que hacer otra cosa que esperar los ríos de dinero que se amontonaron en su puerta y que, por cierto, vinieron a salvarles casualmente de la desastrosa situación económica en la que se encontraban cuando adquirieron la propiedad. Ello motivó que nadie prestase atención a la declaración de William Weber, quien manifestó haber urdido junto con el propio George Lutz el fraude para "hacerse un favor mutuo". Incluso la Iglesia y las autoridades policiales han negado reiteradamente que los supuestos acontecimientos de la casa sean reales pero, por supuesto, nadie ha querido escuchar sus explicaciones. Más aún: casi treinta años después de los hechos George y Kathy Lutz han reconocido que estos eran "básicamente reales", pero que en su día "exageraron" algunas partes del relato.
De tal modo, el caso DeFeo, protagonista real y auténtico de todo, tan sólo ha venido a perjudicar a los posteriores propietarios sucesivos del inmueble de Amityville quienes, pese a negar hasta la extenuación que allí ocurra nada de cuanto se dice, han tenido que pasarse la vida expulsando de la propiedad a los cientos de domingueros que, todavía hoy, tratan de cazar fotografías y voces de fantasmas.
Así está el panorama.
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