Francisco Piqueras

Honorio Sánchez

José Donday

José María Sánchez

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Los hechos:

José María Sánchez Navarrete / Francisco Piqueras Díaz / Honorio Sánchez Molina / José Donday Hernández / Antonio Teruel.
Expreso de Andalucía. En el tramo Aranjuez-Alcázar de San Juan.
11 de abril de 1924.
Robo del vagón correo y asesinato de los funcionarios que lo custodiaban.
Garrote Vil. Se ejecutó el 9 de mayo de 1924.
El gobierno de Primo de Rivera creyó al principio que se trataba de un golpe comunista.

El golpe tenía que haberse producido varias semanas atrás, pero los planes tuvieron que ser pospuestos porque a José Donday, al que apodaban Pildorita, le había entrado el pánico. No era Donday, un golfo con ínfulas de tertuliano y asiduo del Ateneo de Madrid, un hombre hecho para la acción y muy probablemente fuera esto lo que condujo a posteriores tragedias. Porque, en efecto, en el plan inicial no entraba asesinar a los funcionarios del vagón correo pues el Pildorita tendría que narcotizarlos con anterioridad a la entrada de sus compinches. Pero su falta de valor llevó a la completa alteración del proyecto. Donday pasó entonces a ocupar un papel secundario pues se le encargó alquilar el taxi con el que se recogería al grupo de acción tras dar el golpe... Y para eso sí que tenía entrañas el ateneista.

La idea del asalto al Expreso de Andalucía partió de José María Sánchez Navarrete, funcionario de correos e hijo de un laureado coronel de la Guardía Civil. Una buena pieza. Amigo del dinero, del juego y adicto al sexo -era bisexual-, ni quiso tener oficio ni pudo tener beneficio. Gracias a las influencias del padre, Sánchez Navarrete entró a trabajar en Correos y fue a prestar sus primeros servicios precisamente en ese mismo tren. Allá, anduvo un tiempo contrabandeando hasta que le pillaron con las manos en la masa y fue relevado del servicio. Grave problema. Por aquellos días tenía ya graves deudas de juego que vinieron a agravarse con la Dictadura de Primo de Rivera en la medida que todos los casinos y casas de juego fueron clausuradas. Todos los ludópatas de España, a partir de ese momento, anduvieron de cabeza para saldar deudas y cuitas, arrastrándose por las timbas ilegales donde no hacían otra cosa que empeorar aún más su situación. La cosa se agravaba en el caso de Sánchez Navarrete en la medida que era mal jugador, de esos que no ganan casi nunca, lo cual no le impedía vivir a todo trapo con lo prestado, disfrutando de los mejores restaurantes, los mejores trajes y la mejor vida. Precisamente, fue uno de sus prestamistas quien le sugirió la idea de asaltar el Expreso de Andalucía para que pudiera saldar las cuentas pendientes.

El hecho es que el vividor, por causa de unos parientes, frecuentaba la pensión de la calle Infantas que regentaba Honorio Sánchez Molina, conocido hombre de negocios y asiduo de los círculos políticos. Y ambos -quizá porque los sinvergüenzas se reconocen- no tardaron en hacerse amigos. Fue por mediación del propietario de la pensión que Navarrete y Donday se conocieron. Los tres solían quemar Madrid hasta las tantas, si bien el ex-funcionario de Correos tenía tan graves problemas para satisfacer a sus deudores que no tardó en verse en la necesidad de pedir dinero a Honorio Sánchez. O eso, o terminaría dando con sus huesos en la Cárcel Modelo... En fin, que una cosa llevó a la otra y, mira por dónde, se encontró contando a sus nuevos amigos el proyecto que había delineado para asaltar el dichoso tren. Hubo dudas e incluso reticencias en un primer momento por parte de sus interlocutores, pero pasado un tiempo, viendo el propietario de la pensión que no iba a recuperar ni un duro de lo prestado a Navarrete, todos se pusieron de acuerdo. Hasta Donday, éste más porque los otros no fueran a darle mala fama que por auténtica convicción.

La primera idea pasaba por dormir a los funcionarios que custodiaban el correo con unas copas de coñac preparadas con narcóticos, cosa de la que se encargaría en principio el Pildorita. Pero este no estaba por la labor. De hecho, en el mismo momento que Honorio Sánchez le puso en la mano los cuartos para adquirir los elementos de la pócima, Donday se fue para un garito en el que dilapidó hasta el último duro jugando a los naipes. Tras la discusión pertinente y la confesión de sus miedos, los cerebros del golpe decidieron dejar a Donday en la retaguardia y buscarse a otro con más redaños.Fue de tal modo que entró en escena el tal Antonio Teruel, otrora crupier en un casino. Un bicho malo de verdad. Y por mediación suya, también se incorporó al equipo Francisco Piqueras. A estos dos se les reservó el papel de falsos empleados de Correos. Por lo demás, el plan continuaba siendo prácticamente el mismo: con alguna excusa y simulando ser compañeros de los que custodiaban el vagón, Teruel y Piqueras se introducirían en él, invitarían al bebedizo a sus anfitriones, esperarían a que les ganase el sueño, y luego facilitarían la entrada a Sánchez Navarrete a fin de que les ayudase con la limpia de las sacas. Honorio Sánchez, en tanto que financiador del proyecto y planificador final del mismo pues había hecho suya la idea del otro, no iría con ellos. Una vez hecho esto, los tres se bajarían en Alcázar de San Juan, donde les estaría esperando el Pildorita con un taxi en el que regresarían todos a Madrid mucho más ricos. Lo cierto es que algo raro debió olerse Honorio con los dos nuevos, pues les insistió una y mil veces en que el golpe tenía que ser incruento.

Así se dispuso, y así sucedió. En el día y hora señalados el terceto se desplazó hasta la estación de Aranjuez. Teruel y Piqueras, dotados con pases de empleados de Correos falsos proporcionados por Navarrete, accedieron al tren. Este último, se introdujo billete en mano, como un pasajero más. Según lo previsto, los asaltantes lograron entrar en el vagón correo... Y ahí se torció todo. Teruel perdió los nervios y agredió al empleado Santos Lozano con unas enormes tenazas de marchamar provocándole la muerte en el acto. El otro, Ángel Ors, prevenido, era un hombre fuerte y ofreció una feroz resistencia a los asaltantes, de modo que Teruel tuvo que echar mano de la pistola que llevaba encima y liarse a tiros con él. Luego dieron paso a un espantado Sánchez Navarrete que, sin poder ocultar su sorpresa porque nadie hubiera oído el escándalo, ayudó a sus compinches a ocultar los cuerpos bajo varias sacas de correo y, por supuesto, a buscar cuanto hubiera de valor económico en el vagón. Así, tras asearse todos en el retrete, abandonaron el transporte en el lugar convenido y regresaron a Madrid con Donday. La excusa que éste había encontrado para convencer al taxista, Julián Pedrero, de que prestase tan inusual servicio era la de una juerga salida de madre entre varios amigotes. Pero al conductor -como luego testificó- no le pareció que aquellos tipos tan nerviosos y cariacontencidos estuvieran para muchas fiestas.

Y encima, el botín no era como para tirar cohetes. De las 175.000 pesetas que pensaban encontrarse en el vagón correo, sólo se encontraron 25.000. Un verdadero fiasco.

Reunido el grupo -a excepción de Honorio- para el reparto en la buhardilla que Antonio Teruel tenía en la calle Toledo, no hubo muchas cuentas. Ocurrió, además, que el crupier era el más agresivo y temible de los cinco, por lo que al final logró acobardar a los otros y quedarse con la mejor tajada. A continuación todos se separaron y ya no volvieron a verse. Esto ocurría más o menos en el mismo momento en el que el Expreso de Andalucía llegaba a la estación de Córdoba y la tragedia que en él se había desencadenado era descubierta por los empleados del andén. Las Autoridades se pondrían manos a la obra de inmediato y no tardaron en empezar a atar cabos para desgracia de los malhechores.

Lo cierto es que Teruel no disfrutó en demasía de su exigua victoria. Recluído en la buhardilla, atemorizado ante las noticias que parecían estrecharles el cerco, gritando a pleno pulmón que se debía matar a los asesinos de aquellos hombres, terminó pegándose un tiro y dándose con ello la razón. Era el 22 de abril. Su mujer, Carmen Atienza, contaría a la policía todo cuanto sabía de las andanzas de su marido.

Por su parte, Sánchez Navarrete -acosado por la mala conciencia pues no en vano fue uno de los que más dinero puso en la suscripción abierta para ayudar a las familias de los fallecidos en el asalto- terminó por arrodillarse ante un confesonario para vomitar la tremenda historia a un sacerdote. El cura, horrorizado, le negó la absolución argumentado que dada la gravedad de aquella confesión tenía que consultar con instancias eclesiales superiores. La suerte estaba echada. Todos fueron cayendo en cadena: Navarrete el 23 de abril; Honorio Sánchez, en su pensión, el día 24; Francisco Piqueras, en la estación de Almorchón, tan sólo un día después; Donday, nada menos que en París, se presentó en la embajada española el día 26 para entregarse voluntariamente.

Lo cierto es que el gobierno de Primo de Rivera no mostró piedad alguna con los acusados, y en un fulgurante consejo de guerra los encontró culpables de suerte que serían ejecutados en el cadalso erigido en el patio de la Modelo de Madrid en los primeros días del mes de mayo. Es muy probable que hubiera conveniencias políticas detrás de tanta eficiencia. La recién entrada dictadura quiso elevar el caso al rango de paradigma de justicia nacional, pues contra todo pronóstico levantó la feroz censura y permitió a la prensa informar de todos sus acontecimientos y pormenores con pelos y señales. De ahí la ejemplaridad de las condenas y la rapidez en su ejecución. Por supuesto, ni que decir tiene que en un momento en el que las tertulias languidecían al no poder hablarse de política y encontrarse casi todas las noticias adulteradas, el asalto al Expreso de Andalucía se convirtió en la comidilla del país y en la mejor presentación de intenciones para el nuevo Régimen. Ha sido por esto más que otra cosa, pues se trató de un delito chapucero, cometido por aficionados y que en otras circunstáncias habría resultado un crimen del montón, por lo que llegó a convertirse con el paso de los años en uno de los más célebres y comentados de la historia española. Hasta hoy.


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