Garayo en una fotografía policial.

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Los hechos:

Díaz de Garayo y Ruiz de Argandoña, Juan.
Sacamantecas de Vitoria / Zurrumbón
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Campesina.
Analfabeto.
Bracero.
íd. anterior.
Asesinato de séis mujeres y varias tentativas.
Merodeaba a sus víctimas en campos y caminos. Las agredía con brutalidad.
Garrote vil. Se hizo efectiva en 1880.
Enviudó tres veces y se caso en cuatro ocasiones.

Garayo era sexualmente insaciable. Siempre necesitaba una mujer a la vera para satisfacer sus necesidades perentorias y, desde luego, siempre andaba pensando en lo mismo. Tampoco era muy inteligente [lo más probable es que estuviera completamente transtornado] y además tenía cara de malo. De malo perfecto. Sus rasgos extravagantes y atávicos eran una carta de presentación que podía atemorizar al más pintado y ello ayudo no poco a que la prensa de la época -y no pocos sesudos psiquiatras- hicieran el agosto con su terrible biografía criminal. Así, entre labor y labor, Juan El Zurrumbón andaba siempre merodeando por prostíbulos y caminos en busca de satisfacción.

Fuerte como un toro, de cuello recio, hombros robustos y músculos hechos a fuerza de campo, Garayo era una auténtica mala bestia. Agredía a sus víctimas por sorpresa y con una fiereza inusitada cuando -según decía él de suerte bastante gráfica- los demonios se apoderaban de su mente. Cierto que sólo destripó a una de aquellas mujeres -Manuela Audícana-, pero ello no impidió que le cayese el apodo de Sacamantecas. También se dijo de él que practicaba el canibalismo, pero lo cierto es que esto nunca pudo probarse con certeza.

Dada su impericia mental y su falta de agilidad, algunas de las mujeres a las que asaltaba se le escapaban vivas de entre las manos. De este modo, y dado que su carrera criminal se prolongó durante nada menos que nueve años durante los que aterrorizó el campo alavés, su fama se hizo enorme sin que él mismo lo supiera. A la postre, fue esta falta de pericia en algunas de sus cacerías lo que le llevó a la cárcel, pues cometió el error de comprar el silencio una de sus víctimas -una anciana- con veinte pesetas. Al parecer, la mujer logró zafarse de su abrazo mortal y Garayo, ya superado el ataque de los demonios, la siguió para averiguar dónde vivía.

El célebre criminólogo Constancio Bernaldo de Quirós creó un final de opereta para las andanzas de Garayo al explicar que fue descubierto por una niña que, en vista de sus facciones deformes, le acusó en broma de ser el dichoso Sacamantecas y provocó su derrumbe. Pero la verdad fue otra bien diferente. Fue un alguacil del Ayuntamiento de Vitoria, Pío Fernández de Pinedo, quien logró atar los cabos que relacionaban a las últimas víctimas con su asesino, y terminó por presentarse en su casa. Allá la última señora de Garayo, Juana Ibisate, fue hábilmente interrogada por el alguacil y le contó, quizá con las mejores intenciones, incluso el lance de las veinte pesetas. No le cupo duda al agente de la Ley. Era el hombre y podría encontrar testigos. Sólo tuvo, pues, que esperar a que se presentase en la casa -cosa que no hacía El Zurrumbón muy a menudo-, para detenerle.

Doce días tardó el asesino en confesar sus crímenes.


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