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Los hechos:

Jarabo Pérez-Morris, José María Manuel Pablo de la Cruz.
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1923.
Cuenca [España] / En su partida de nacimiento consta Madrid.
Clase alta.
Bachillerato. Inició estudios universitarios, pero no los terminó.
Ninguno.
Golfo.
Proxenetismo, tráfico de drogas, estafa y asesinato de cuatro personas.
Improvisador.
Garrote vil. Se hizo efectiva el 4 de julio de 1959.
Se dice que su gran éxito con las mujeres se debía a un enorme miembro viril.

Jarabo no era más que un señorito golferas, malcriado desde la cuna por una madre terriblemente permisiva. Un niño bien. Para agravar las cosas, el pequeño Jarabo había visto y oído cosas que le marcaron profundamente e hicieron de él un adulto tendente a la violencia que solía llevar en la cintura una pistola de calibre 7,65 mm porque, como solía decir con socarronería, en la vida uno tiene que hacerse respetar. En efecto. Estando sus padres fuera de España durante la Guerra Civil, José María -que estudiaba en el prestigioso Colegio de Nuestra Señora del Pilar- pasó el conflicto en el chalé familiar de la calle Arturo Soria. Allí, el novio de una criada había montado una checa en la que se daba el pasaporte a los no afines.

Tras la guerra, Jarabo marchó a Puerto Rico donde se reunió con su madre. Posteriormente, con la mayoría de edad, viajó a los Estados Unidos supuestamente para estudiar. Pero en lugar de ello, descubrió que su señora madre era una fabrica de billetes que daban para mucha holganza y golferío. Se enredó en asuntos turbios de drogas y trata de blancas que le llevaron a prisión para cumplir condena en un correccional de Missouri. Tras ello, y entre otras cosas porque las Autoridades españolas eran más blandas con las gentes de noble cuna que las estadounidenses, decidió retornar a Madrid. Corría 1950.

En la capital de España inició una vida de absoluto desenfreno amparado por el dinero que mamá le enviaba sin cesar. Así pasaron ocho años en los que, él mismo lo reconocía, dilapidó en juergas nada menos que quince millones de pesetas de la época. Toda una fortuna si se piensa que un SEAT 600, el utilitario soñado por cualquier trabajador, valía 60.000.

Sea como fuere, llegó un punto en que el dinero dejó de llegar, y José María decidió que todo valía excepto trabajar. Hipotecó el chalé de Arturo Soria y siguió en la gran vida. Luego vinieron los chanchullos, los préstamos, y etcétera. En una de esas, y dado que tenía una gran éxito con las mujeres amen de ser sexualmente insaciable, ligó con una acaudalada turista inglesa, Beryl Martin Jones, a la que logró sacar una sortija de diamantes que empeñó luego en Jusfer, una tienda de compraventa de la que era cliente asiduo. 4.000 pesetas le dieron los propietarios no sin cierta usura pues su valor era mucho mayor. Y así empezó el tira y afloja que terminaría con el señorito en el patíbulo.

Beryl, ya en Inglaterra, necesitó pronto del anillo pues su marido había empezado a sospechar de su infidelidad. Y Jarabo, un caballero español, aseguró a la amante que lo recuperaría a todo trance.

Emilio Fernández Díez y Felix López Robledo, los propietarios de Jusfer, se mostraron dispuestos a retornar la joya a jarabo si este satisfacía la deuda con ellos contraída, pero lo cierto es que no tenían la más mínima intención de cumplir el trato en la medida que se trataba del germen de un suculento negocio. De este modo, cuando se presentó allí con el dinero, le exigieron una autorización de la propietaria. Y cuando la presentó, le volvieron a negar la joya imponiendo nuevas condiciones. Demasiado para Jarabo que decidió entonces recuperar por la fuerza lo que se le negaba por las buenas. Para colmo, la familia amenazaba con venir desde Puerto Rico para comprobar en qué se había invertido aquel dineral. Muchas presiones.

De este modo, Jarabo se presentó en la noche del 19 de julio en el domicilio de Emilio Fernández, cuidando de no dejar huellas. Le recibió la criada -Paulina Ramos-, pues el señor no estaba. Asesinó en primer lugar a la mujer con el cuchillo con el que pelaba judias. Luego esperó al señor, que se introdujo en el baño nada más llegar y sin reparar en su presencia, y al que descerrajó un tiro en la cabeza. Se hizo así con las llaves de la tienda. Dio entonces algunas vueltas por la casa y se apropió de algún dinero. Le sorprendió entonces la mujer de Emilio, Amparo Alonso, a la que también asesinó del mismo modo que a su marido -y cuya muerte resultó especialmente odiosa a la opinión pública puesto que estaba en las primeras fases de gestación. Terminado el trabajo, y dado que el portal podría haber sido cerrado por el sereno, pasó la noche allí tras preparar la escena del crimen de suerte que pareciera que había tenido lugar una juerga demasiado salida de tono.

Salió del piso a la mañana siguiente y sin ser visto. Dado que era domingo, pasó la tarde de juerga y aunque llegó a la pensión en la que vivía completamente borracho, madrugó el lunes para esperar a Felix López en el interior de la tienda. Según entró, le disparó dos veces en la nuca y se puso, acto seguido, a la tarea de recuperar la carta y el anillo de Beryl. Pero no los encontró. Así, arrampló con lo que le pareció que podría tener algún valor y se marchó.

El principal error de Jarabo fue el de no querer desprenderse de uno de sus amados trajes, completamente manchado de sangre. Lo llevó a su tintorería habitual de la calle Orense, en cuya puerta fue detenido en el mediodia del martes 22 de julio tras la eficaz investigación del comisario Antonio Viqueira Hinojosa.

A las pocas horas, confesó.


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