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Los hechos:

Smith, Madeleine.
-.
1841.
Glasgow [Escocia].
Hija de un arquitecto.
Medios.
Ninguno.
Ama de casa.
Envenenamiento de un pretendiente.
No establecido.
Fue juzgada y quedó en libertad. Los cargos no se le pudieron probar.
Su temperamento era apasionado y poco apto para la estricta moral de la época.

La hija mayor del arquitecto Smith era un bocado apetecible. Bella, de 19 añitos y con una familia acomodada que propiciaría al pretendiente que se la llevara una generosa dote. Tal vez en esto debía pensar el modesto -pero intrépido- Pierre Emile L'Angelier cuando le puso el ojo encima en aquella mañana de 1855. A los pocos días ya había encontrado la forma de que se la presentaran y, casi en un suspiro, ya estaba haciéndole la corte con extremo disimulo. Era evidente que los padres de Madeleine no iban a consentir que su niña se casara con un empleadillo y, por tanto, había que manejarse con pericia. Peor todavía sería cuando llegaran a enterarse de que el mocito francés estaba refugiado en Escocia, huyendo de las convulsas actividades políticas en las que se había visto envuelto en su país.

Sin embargo, el hecho de que la chica no le diera calabazas hizo a L'Angelier albergar esperanzas de éxito y se empeño en el asedio plenamente. Lo que no podía conseguir en modo alguno por el camino recto, debió pensar el mozo bien plantado y de finas maneras, lo iba a lograr por la vía de los hechos consumados.

L'Angelier contaba ya 29 años y no poca experiencia en estas lides a sus espaldas, por lo que sabía manejarse. Más todavía cuando se las veía con una joven inexperta como Madeleine. De este modo, y tras una fulgurante relación epistolar, para 1856 ambos eran ya amantes. El francés había desatado en la jovencita casadera todas las pasiones imaginables y ella de buena gana se entregaba a los designios de la sensualidad. Así, aun a costa de provocar un escándalo mayúsculo, Madeleine llegó a tener la osadía de abrir reiteradamente a L'Angelier las puertas de su casa y de su dormitorio en mitad de la noche, cuando la familia dormía. Tan intensos fueron los primeros momentos del romance que ella llegó a insinuarle en sus misivas la idea de fugarse juntos... Pero no era esto lo que convenía a un L'Angelier que quería moza, pero también posición.

Bastante engañado estaba el Don Juan acerca de las aptitudes e intenciones de Madeleine. De hecho, cuando el señor Smith comenzó a sospechar alguna cosa y le hizo ver que otro hombre de mediana edad y muchos posibles se había interesado por ella, no pareció importarle en demasía que le impidiera mantener relaciones con el amante pobretón. Es más, interesada en asegurarse el futuro que correspondía a una mujercita de su clase, enfrió las cosas con el francés y le propuso romper la relación que mantenían. Ofuscado, y viendo la batalla perdida, L'Angelier decidió pasar a la ofensiva amenazando a Madeleine con hacer públicas sus tórridas cartas. Y esta era una terrible amenaza en aquella época pues destruiría por completo y de suerte irrecuperable la honorabilidad de la joven. Parece que el tira y afloja entre ambos duró algunos meses más y que en este tiempo el francés siguió beneficiándose con sus amenazas a una Madeleine que, para desgracia de sus propósitos, no quedaba encinta. Y, por lo que parece, volvió a subestimar fatalmente a la chica.

De súbito, en febrero de 1857, L'Angelier empezó a mostrarse enfermo y demacrado. Perdía peso y apenas si comía bocado. Su estado empeoró paulatinamente sin que los doctores encontraran causa alguna para su mal, hasta que en la mañana del 23 de marzo, apenas recién llegado a la pensión en la que vivía, falleció. La sorpresa entre los empleadores y amigos del francés fue extraordinaria por cuanto siempre había sido un hombre saludable, de modo que pidieron que se realizase una autopsia al cadáver... Y los doctores descubrieron que había sido envenenado con arsénico.

El escándalo que siguió fue tremendo. Las cartas salieron a la luz y Madeleine Smith se terminó convirtiendo en sospechosa de asesinato. De hecho, la chica había comprado arsénico argumentando que tenía alguna plaga en el jardín de la casa coincidiendo con las fechas en las que el amante comenzó a sentirse enfermo. En otra ocasión, según algunos testigos, adquirió el veneno en otro negocio explicando que le serviría de mata ratas, y así sucesivamente. Incluso, existía una nota autógrafa fechada el 21 de marzo en la que citaba a L'Angelier para el día siguiente. Y, en efecto, el hombre había abandonado la pensión en la noche del día 22 hacia destino desconocido para ser encontrado muerto en su propia cama al día siguiente. Por lo demás, Madeleine demostró ser muy lista a la hora de ocultar las citas a testigos inoportunos, e incluso para escribir en alguna de aquellas notas a su amante que se encontraba preocupada por su enfermedad. Ello, junto con la habilidad de un abogado que supo sembrar la duda razonable, hizo que finalmente lograra eludir a la justicia.

Lo cierto es que el veredicto del jurado -compuesto de ocho hombres y cuatro mujeres- fue de "no probado", lo que en la legislación escocesa de la época era equivalente a sostener que todos parecían tener claro que Madeleine era culpable, si bien no se podía demostrar.


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