Manson, Charles Milles.
Anticristo [Se lo puso él mismo].
11 de noviembre de 1934.
Cincinatti [Ohio / EE.UU.].
Hijo de una prostituta. Padre desconocido.
Elementales.
Cantante Folk / Gurú / Buscavidas.
Robo / Proxenetismo.
Infinidad de delitos menores / Inducción al asesinato.
Fundó una secta en la que, se dice, lavó el cerebro a sus acólitos.
Pena de muerte. Conmutada por cadena perpetua.
Se dijo que podía controlar la mente de quien quisiera a distancia.
Charles Milles Manson comenzó su carrera delictiva a los 14 años, cuando fue detenido por hurto. Desde entonces pasaría más de la mitad de su vida en la cárcel –entrando y saliendo- acusado de multitud de cargos entre los que destacan por su reiteración los de robo y proxenetismo. Pero al mismo tiempo, porque entre rejas hay mucho tiempo para pensar, se inició en la vida esotérica. Estudió la Biblia y los textos budistas, y se introdujo en la Iglesia de la Cienciología de Ron L. Hubbard. Adquirió de este modo buena parte de los conocimientos que estructuraron su particular visión del mundo, de la vida, y del Apocalipsis. A la par, se inició en la música folk.
En Marzo de 1967 Manson salió por enésima vez de prisión, si bien en esta ocasión tenía el plan de dirigirse a California –sede del movimiento hippie internacional- para introducirse en el mercado de la música. Recaló, pues, en San Francisco donde trabó amistad con Dennis Wilson, uno de los miembros fundadores de bandas tan célebres como Beach Boys y Mamas & the Papas. De hecho, pasó una temporada acampado en el jardín de la mansión del artista. No obstante, aquello no fructificó y Manson experimentó por ello un terrible resentimiento, al punto de asegurar que algunas de las canciones que Wilson y su gente hicieron célebres con posterioridad no eran más que plagios de sus propios temas. Sea como fuere, por mediación de la estrella, fue que contactó con el célebre Anton Lavey (líder espiritual de la Iglesia de Satán), personaje que influyó notoriamente en sus distorsionadas concepciones espirituales.
Con las puertas del mercado musical cerradas Manson terminó en la calle, acuciado por la necesidad de ganarse la vida. Tal vez convencido de que también él podría dirigir un tinglado similar al de Lavey, decidió convertirse en santón, gurú o como se quiera llamar. Le resultó sencillo en la medida que tenía un gran magnetismo personal, sabía comunicar y, como todo sociópata de manual, era un excelente manipulador. Así, según la historia oficial puesto que él siempre ha negado este extremo, fundó La Familia. Secta con la que se adentró en el desierto californiano dejando atrás la civilización.
La pseudorreligión violenta de Manson es evocada –cierto que sin demasiado tesón y con escaso éxito- por muchísimos “satanistas” actuales. Manson, que algutinó en torno suyo a un nutrido grupo de fanáticos incondicionales, se autodefinía como la encarnación de Satán, Jesus o Dios, indistintamente. Y así lo creían sus seguidores hasta el punto de que, durante su juicio, algunas de sus acólitas declararon al fiscal Vincent Bugliosi que habían visto cómo Manson resucitaba a un pajarillo muerto al tomarlo en sus manos y soplar suavemente sobre él. Por estas y otras declaraciones similares, Charlie adquirió la dudosa –y absurda por indemostrada- fama de poder controlar la voluntad a distancia. En realidad tampoco son testimonios fiables en la medida que la estrategia de la defensa del resto de los acusados consistió en cargar las tintas contra el propio Manson a todo trance, recurriendo incluso a argumentos inverosímiles como el expuesto más arriba (y que el juez, para sorpresa de la opinión pública, decidió creer).
Resumiendo muy brevemente su extravagante doctrina, Manson anunció la inminente llegada del fin de esta era, ya que la raza negra se revelaría contra los blancos. De esta catástrofe sólo un pequeño grupo de 144.000 elegidos (sí, siempre hay un numero concreto) se salvarían al esconderse en el Mundo Subterráneo de Agartha, para volver a salir tras el Apocalipsis, liderados por un nuevo Rey del Mundo, que no sería otro que él mismo. Como suena.
Mucho se ha especulado con el móvil que llevó a Manson a ordenar el asesinato de Sharon Tate y sus invitados (así como el de otras víctimas), si es que alguna vez lo ordenó pues este extremo nunca quedó esclarecido en un juicio mediático que resultó ser una parodia de la justicia. Se llegó al punto de no permitirle defenderse para que no pudiera “manipular al jurado con su voz”, en incluso, durante varias fases del proceso, se le impidió permanecer en la sala o bien se hizo salir de ella al propio jurado. La opinión más extendida –y que a los efectos prácticos es tan buena y poco consistente como otra cualquiera- hace referencia a la influencia que tuvo sobre Manson el filme La Semilla del Diablo, que Roman Polanski, esposo de Sharon Tate, había estrenado poco antes. De hecho, aquella noche Polanski debería haber estado en la casa, al igual que el famoso actor experto en artes marciales Bruce Lee, con quien le unía una estrecha amistad. Lee moriría poco después en extrañas circunstancias (algunos visionarios y conspiranóicos vieron en ello un "asesinato telepático" del propio Manson). Sin embargo, el afamado director de cine perdió el avión y esta contingencia fue lo que le salvó la vida.
Para La Semilla del Diablo Polanski había contado con la asesoría de Anton Lavey (supuesto nexo Manson-Polanski, aunque no ha podido establecerse con rigor que ambos se conocieran), ya que durante su realización se llevaron por vez primera símbolos y rituales satánicos a la pantalla. La película, además, se rodó en el célebre –y dicen los más crédulos de este negocio que “maldito”- edificio Dakota. Allí vivió a principios de siglo el brujo y satanista Aleister Crowley. Años después, Mark David Chapman, supuesto miembro de una iglesia fundamentalista dedicada a la persecución del Diablo, tirotearía frente a sus puertas a John Lennon. Esto último riza el rizo de las historietas enrevesadas y otorga al caso tintes folletinescos, ya que Charles Manson dijo inspirarse en gran medida en las letras de los Beatles, a quienes creía en sus delirios la encarcanación de los "Cuatro Jinetes del Apocalipsis". Aseguraba, además, que le hablaban subliminalmente a través de mensajes escondidos en sus canciones. En efecto, los Beatles habían utilizado la imagen de Crowley en la portada de su celebérrimo L. P. Sargeant Pepper's and The Lonely Hearts Club Band, estableciendo con ello el primer caso “documentado” (con comillas, por favor) de supuesta relación entre el rock y el satanismo.
Manson –héroe y villano a partes iguales- fue considerado Hombre del Año. Agotó todos sus discos (ya que grabó uno para poder pagarse su inoperante defensa que hoy es una valiosísima pieza de coleccionista) y se convirtió en el héroe de la juventud norteamericana que a finales de los sesenta vivía prisionera de la ebullición antisistema que él representaba. De hecho, todavía en la actualidad existen fans de Manson, si bien se trata más de provocadores meramente testimoniales y de vendedores de camisetas estampadas que de verdaderos seguidores.
Desde su confinamiento en prisión -actualmente en el penal de San Quintín-, Manson sigue siendo noticia y generando polémica. Por ejemplo, apoyó a Sadam Hussein durante la Guerra del Golfo. Medio fanático, medio iluminado, víctima de su propia imagen, se ha convertido en modelo de muchos aspirantes a satanistas, rompedores de salón y vendedores de literatura barata, siendo considerado un auténtico “Apóstol del Diablo” por demonólogos como Jean Paul Bourré. Casi nada.
Pero no parece tan fiero el león como pintan. Disparatado sí, pero poco más. Lo cierto y verdad es que el rostro de Charles Milles Manson aparece en todos y cada uno de los documentales, textos y manuales en los que se habla de asesinos psicópatas cuando la verdad es que jamás –que se sepa- ha matado a nadie, constituyendose en uno de los más preclaros casos de estigmatización sistemática del siglo XX. De hecho, Manson no hubiera recibido peor tratamiento acusado por nigromancia en la Europa del siglo XIV, con la única diferencia de que en aquel momento histórico nadie habría tenido empacho alguno en torturarle y quemarle vivo.