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Desconocido.
Gaseador Loco de Mattoon.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Varios intentos de asesinato.
Merodeador. Intentaba gasear a sus víctimas entretanto dormían.
Nunca fue capturado.
Probablemente no es más que una leyenda urbana.
En el verano de 1944 la localidad de Matoon, Illinois, contaba con una población de unos 16.000 habitantes acosada, al igual que otras muchas poblaciones estadounidenses en aquellos días de guerra, por la idea paranoica y recurrente de una futurible invasión enemiga. El clima era tenso y las pequeñas ciudades, de las que solían faltar muchos jóvenes enviados a combatir en Europa, un hervidero de leyendas urbanas y caldo de cultivo propicio para la histeria colectiva. No es de extrañar, pues, que la noche del 31 de agosto llevase a Mattoon a los libros de historia. Podría haber sucedido –y sucedió de hecho- en cualquier otro lugar de la nación.
Durante esa extraña noche un matrimonio despertó con una desagradable sensación de mareo. Cuando la mujer intentó levantarse advirtió que estaba paralizada, aturdida. El marido sí pudo ponerse en pié para comprobar si se había olvidado cerrar la llave del gas. Todo estaba bien. Esa misma noche sin embargo, en el otro lado de la ciudad, una mujer se despertó en idénticas condiciones. Todo habría quedado en mero episodio de no ser porque durante la madrugada siguiente una tal señora Kearney, que dormía junto a su hija de tres años, se despertó a causa de un repugnante olor dulzón. Sentía una horrible parálisis en las piernas. Su hija tosía y lloraba. Los gritos de la mujer alertaron a los vecinos que no tardaron en movilizarse. A la mañana siguiente, la señora Kearney todavía se quejaba de ardor en los labios y dolor de garganta. No obstante, y pese a la investigación policial, el foco del repelente olor dulzón no pudo ser encontrado y sólo se contaba con el inquietante testimonio del marido de la señora Kearney, quien señaló que, al llegar a casa del trabajo, había observado a una persona alta, vestida con ropa oscura y un gorro ajustado, merodeando en las inmediaciones. Indicó que había perseguido al individuo pero que no pudo capturarle.
Un reportero del periódico local, el Mattoon Daily Journal Gazette, informó del caso. La verdad es que no existían argumentos de juicio para suponerlo, pero el informador ató cabos, juntó, pegó y, quizá dejándose llevar por el tufillo de una gran noticia en el seno de una comunidad tranquila en la que casi nunca pasaba gran cosa, escribió que un individuo estaba atacando a los ciudadanos de Mattoon con gas. Ni que decir tiene, pues, que la semilla de la histeria colectiva había sido sembrada en el entorno propicio de un ambiente ya de por sí tenso.
La noche del 5 de septiembre, otra señora –esta se apellidaba Cordes- regresó a casa y se encontró en las escaleras del porche un paño blanco empapado en un líquido singular. Lo olió. De inmediato perdió el equilibrio, vomitó, su rostro y sus labios sufrieron quemaduras entretanto sangraba por la boca. No pudo articular palabra hasta pasadas dos horas… Pruebas reales por fin: la policía recogió el paño y un juego de ganzúas que encontró en las inmediaciones. La investigación concluyó, como es lógico, que alguien estaba intentando entrar en la casa y se vio interrumpido por la llegada intempestiva de la mujer. El paño humedecido con la sustancia nociva fue enviado a los laboratorios de la Universidad de Illinois, pero los análisis químicos no aportaron ninguna prueba destacable. Se trataba de tetracloruro, compuesto utilizado en una fábrica local. Los trabajadores de la planta negaron usar esta sustancia excepto en los extintores de incendios. Y, por lo demás, se trata de una sustancia inodora que no producía los efectos nocivos relatados por la señora Cordes.
El 6 de septiembre hubo tres supuestos ataques más. Algunos testigos contaron haber visto a un hombre alto que salía de una casa tras asaltar a sus propietarios (supuestamente con un gas, pero los testimonios son harto confusos, por no decir contradictorios). La policía local restringió los permisos y descansos para ponerse a trabajar en pleno las veinticuatro horas. Ello no impidió, sin embargo, que se produjeran más avisos de otras agresiones. Lo interesante es que el gas había pasado a convertirse más en un elemento secundario de estas historias que en el verdadero protagonista. De hecho, a veces ni se mencionaba (o tan sólo se sugería): así por ejemplo, en un artículo publicado el 8 de septiembre se contaba que una niña de 11 años había sido encontrada inconsciente en su dormitorio –el reportero no aclara del todo los motivos. Otro: una mujer informó de que un hombre vestido de oscuro, muy alto, estaba tratando de forzar la cerradura de su puerta, pero sus gritos le disuadieron. Nada dijo de gas, pero éste volvió a aparecer sugerido en la prensa. De hecho, los titulares de los periódicos se lanzaron a una estrambótica campaña amarilla y –muy a la americana- bautizaron al extraño merodeador vestido de negro como “gaseador loco (mad gasser) de Mattoon", y en otros casos como el "anestesista fantasma" (phantom anesthethist). El público, intranquilizado por estos informes, sumido en la paranoia, quería respuestas inmediatas. A tales cotas de popularidad llegó el tema que se convirtió en el centro de todas las conversaciones, usos y costumbres. Al punto de que ya se hizo imposible discernir realidad de ficción. Los ciudadanos se armaron y formaron patrullas que ocuparon las calles dispuestas a atrapar al delincuente. Nunca se vio o cogió a nadie remotamente parecido a las descripciones periodísticas, pero no es menos cierto que perfectamente pudo ocurrir cualquier desgracia.
Y los informes de ataques y asaltos del gaseador loco se sucedían sin solución de continuidad. Así cuatro personas que dormían juntas en el mismo dormitorio se sintieron mal repentinamente. Cuando fueran preguntadas afirmaron estar seguras de haber oído el sonido de algo que bien podría ser un aparato pulverizador: el sonido del gas fluyendo. Más madera. Lo cierto es que petición de las autoridades locales, el FBI desplazó a Matoon a varios agentes para iniciar una investigación. El pánico se estaba extendiendo y no había respuestas. Al contrario, cada vez había más preguntas, más rumores, y menos hechos comprobados.
Tampoco los políticos –como es habitual- ayudaron a calmar las cosas. Thomas V. Wright, Delegada de Salud Pública, trató de calmar la situación emitiendo una declaración tan indefinida e imprecisa como incendiaria: “no hay duda de que existe un maníaco gaseador en el pueblo, pero la mayoría de los ataques no son más que histeria. El miedo a ser atacado provoca estas crisis cuando en realidad se trata de un gas relativamente inofensivo”. Lo mejor de todo es que ni siquiera había constancia empírica de que se estuviesen produciendo realmente ataques con sustancia tóxica de clase alguna, pues todas las investigaciones realizadas hasta aquel momento habían resultado inconcluyentes. Lo cierto es que, como es de suponer, la ciudad entera había enfermado de pánico provocándose una situación cuya marea informativo se propagó por todo el país.
No obstante, ocurrió algo ciertamente singular pues a pesar de que las denuncias de supuestos ataques con gas seguían llegando a las autoridades, tras la intempestiva declaración de la Delegada, tanto los periódicos como los investigadores llegaron a un clima de escepticismo corroborado por las actividades policiales que, a esas alturas, consideraban muchos de los informes como falsas alarmas y obra de bromistas. Y, de manera no menos curiosa, a la par que la tensión informativa se fue diluyendo, las cosas se fueron calmando. Así, el último incidente que se reportó a las autoridades tuvo lugar el 13 de septiembre, apenas catorce días después de que se desatara la locura colectiva. En este caso una mujer y su hijo describieron al atacante como una mujer vestida de hombre que pulverizaba gas por la ventana de uno de los dormitorios. A la mañana siguiente habían descubierto las huellas de zapatos de tacón alto bajo la ventana.
En 1945, un célebre artículo del Journal of Abnormal and Social Psychology, elaborado tras una investigación de campo, describió los ataques como un asunto de histeria colectiva. La hipótesis de los investigadores se sustentaba en el hecho de que la mayor parte de las denunciantes fueran mujeres de bajo nivel cultural cuyos maridos se encontraban en la guerra europea, lo cual las había llevado a un estado de alta ansiedad y grave tensión nerviosa. Este informe, sin embargo y no está de más indicarlo, restaba importancia al hecho de que algunos de los testigos y denunciantes fueron hombres. Sin embargo, el peso argumental del trabajo recae en el hecho incontrovertible de que en el preciso momento en el que se estableció la idea de que el gaseador probablemente no fuera otra cosa que una creación del imaginario colectivo, sus ataques también dejaron de existir. Así pues, los incidentes de aquella quincena loca en Mattoon –que nunca volvieron a repetirse- son siempre puestos como ejemplo perfecto de histeria colectiva, y se han convertido en un clásico para los estudiosos de la materia.
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