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Mengele, Josef.
Ángel de la Muerte / Beppo / Pedro Gerhard / Wolfgang Gerhard.
16 de marzo de 1911.
Günzburg [Baviera / Alemania].
Familia acomodada de industriales.
Medicina / Antropología.
Médico.
Investigación genética y racial.
Crimenes contra la Humanidad.
Experimentación letal con seres humanos / Tortura / Asesinato.
No se le capturó con vida. Murió en el exilio.
Todos sus terribles experimentos carecieron de valor científico alguno.
Siendo el mayor de tres hermanos, e hijo de un ferviente pro-nazi, no es extraño que Josef Mengele terminara siendo un adepto del ideario nacional-socialista y un fanático de la superioridad de la raza aria. De hecho, Karl Mengele -su padre-, que ya era un hombre acomodado gracias a sus negocios en el sector de la maquinaria cuando los nazis alcanzaron el poder, llegó a hacerse extremadamente rico en virtud de su incondicional apoyo al partido de Hitler a cambio del que recibió cuantiosas prebendas económicas. Lo sorprendente es que la relación de Josef con su progenitor siempre fue distante y no excesivamente cariñosa, siendo por su madre, Willy, por quien sentía una admiración extrema pese a tratarse de una mujer autoritaria en extremo. Por otra parte, su buena posición social sumada a su atractivo físico, motivaron que Josef Mengele viviera una adolescencia y juventud sumamente benéficas. Muy pronto se convirtió en el objetivo de las mocitas casaderas de la alta sociedad alemana, mientras que sus modales caballerescos le permitían ingresar en los círculos más selectos.
Mengele, poco interesado en el negocio paterno, se decidió por los estudios universitarios, donde pronto destacó como un excelente estudiante. Sin embargo, y pese a matricularse en Medicina y Antropología, sus intereses nunca tuvieron mucho que ver con el ámbito de la salud. Lo cierto es que siempre se sintió muy atraído por el terreno de la experimentación médica de sesgo racial, como así lo demuestran los temas de sus tesis de licenciatura y doctorado: la de Antropología, leída en Munich en 1935, versaba sobre las diferencias raciales observables en la estructura del maxilar inferior; la de Medicina, leída en Frankfurt en 1938, estudiaba la estructura de la fisura labial mandibular palatina en diferentes tribus. No era casualidad. Lo cierto es que durante sus primeros años universitarios, Mengele había trabado contacto con Otmar von Verschuer, profesor del Instituto Kaiser Guillermo de Genética y Eugenesia y reconocido antisemita, que le introdujo en los vericuetos pseudocientíficos y perversamente ideológicos de la superioridad racial aria, así como en el más absoluto desprecio hacia los judíos. Idearios que marcaron a fuego, como es obvio, la andadura intelectual y los intereses científicos de Mengele.
Su primer contacto real con los nazis se remonta a 1932, año en el que se afilia a Casco de Acero, si bien renunciaría poco después de su filiación alegando problemas de salud. No obstante, en 1937 ingresó en el Partido Nazi, convirtiéndose en 1938 en miembro de las SS. Durante este mismo año, y a pesar de su origen católico, contraería matrimonio con un mujer luterana, Irene Schoenbein, con la que tendría posteriormente un hijo. Sea como fuere, tras el ingreso en las SS sirvió durante meses en un regimiento de tropas de montaña. Posteriormente sería destinado a un puesto más acorde con su formación y en 1940 se le envió a la reserva del cuerpo de médicos. Esto motivó que tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y hasta 1942, Mengele sirviera como médico en una unidad de las Waffen SS. Fue durante ese año que resultó herido en una pierna en Rostov y declarado no apto para el combate. Su demostrado valor ante el enemigo, no obstante, sirvió para que le ascendieran al grado de capitán y se le reasignara a la función de médico de campo de concentración (lagerartz). Es en este momento en el que va a comenzar la carrera de horrores, brutalidades e ignominias que le han hecho célebre.
Josef Mengele fur destinado al archifamoso campo de Auschwitz-Birkenau, dirigido entonces por el no menos conocido Rudolf Hess. Allá se hará cargo de una de las secciones del campo bautizada como campo gitano. Nadie superaba en autoridad médica a Mengele dentro de Birkenau con la excepción de Eduard Wirt, lo cual prácticamente le otorgaba una completa libertad de movimientos que utilizaría para poner en práctica todos y cada uno de sus delirios experimentales. Lo cierto es que Mengele sólo pasó 21 meses en el puesto, pero fueron tiempo más que suficiente para que se ganara a pulso su más conocido apodo: Todesengel (Ángel de la Muerte).
Sus funciones comenzaban cuando los trenes repletos de prisioneros llegaban al campo. Impecablemente vestido y perfumado, situado en el andén junto a su equipo, esperaba paciente a que los guardias ordenasen el descenso de los recién llegados. Acto seguido, a pie de rampa y con tan sólo un breve exámen ocular, iba conformado tres grupos: aptos para el trabajo, aptos para la experimentación y ejecución inmediata. Los seleccionados para la cámara de gas, por lo general ancianos, niños, mujeres embarazadas o discapacitados, eran ejecutados sin mayor trámite. Del andén al horno crematorio. Los supervivientes del horror recuerdan que Mengele realizaba estas tareas rutinarias con suma educación y modales aristocráticos no exentos de cierta morbosidad. Sin embargo, era inflexible en el cumplimiento de sus decisiones y raramente decidía librar de la muerte a quien había destinado a ella. De hecho, incluso llegó a ejecutar por su propia mano a muchos de los prisioneros que a su juicio habían violado alguna orden. Tampoco perdía ocasión de dar rienda suelta a sus perversiones. Son cientos los relatos que le recuerdan azotando a mujeres desnudas o defenestrando a muchas de ellas. Solía mostrarse extraordinariamente severo con las prisioneras que quedaban encintas a manos de los guardias -que eran gaseadas de inmediato- y con los niños huérfanos. En un primer momento, a estos últimos los lanzaba a los hornos de la lavandería a fin de que sirvieran de combustible, pero con posterioridad optó por apartarlos para sus experimentos. A medida que sus prácticas de laboratorio fueron haciéndose más complejas, empezó a permitir que las embarazadas alumbraran a los niños para alimentar con ellos su maquinaria de los horrores. Por ejemplo, una de sus fuentes de información favoritas era la de recopilar datos acerca del tiempo que un recién nacido era capaz de sobrevivir sin ser amamantado.
Su terreno preferido era el de la experimentación con gemelos. De hecho, a partir de 1943 este tipo de prisioneros recibió un tratamiento preferente, no exento de privilegios, que les duraba en tanto eran útiles a los trabajos de Mengele. Estas experiencias carecían del más mínimo sentido y rigor científicos y no demostraban absolutamente nada, pero ello no impidió que las autoridades creyeran en ellas y las financiasen con millones de marcos. De tal modo, intentaba cambiar el color de los ojos de los niños inyectándoles diferentes sustancias químicas en los globos oculares; intentó de cambiar el color del cabello por medio de inyecciones subcutáneas en el cuero cabelludo; buscaba métodos de esterilización masiva; practicaba vivisecciones, amputaciones y otras cirugías salvajes; realizó intentos infructuosos de creación de siameses enlazando las venas de hermanos gemelos... Y si el paciente sobrevivía a este tratamiento, era posteriormente asesinado para su disección. En buena parte de estos experimentos, sobre todo en los relativos a presiones extremas y cambios bruscos de temperatura corporal, participó un médico de la Luftwaffe, Sigmund Rascher, que con el tiempo se había convertido en el homólogo del Mengele en el campo de la medicina aplicada a la investigación militar. En todo caso, el rosario de barbaridades del Ángel de la Muerte es ingente y excedería con mucho las pretensiones de un texto como el presente.
Sea como fuere, uno de los datos inequívocos que inducen a pensar que Mengele vio claro que la guerra concluiría pronto, y que Alemania no la ganaría, fue el hecho de que comenzó a enviar a Günzburg cajones repletos de lingotes de oro fundidos con los dientes extraídos a sus víctimas. También que comenzó a valorar la posibilidad de abandonar Auschwitz-Birkeanu ascendiendo en el escalafón de las Waffen SS, cosa que no logró por razones desconocidas, y pese a los buenos informes de sus superiores. Sea como fuere, el 26 de noviembre de 1944 Richard Baer, comandante del campo, recibe la orden de desmantelarlo directamente de Heinrich Himmler. Es una orden sorprendente, pero no por ello menos esperada para Mengele, quien ya intuía desde hacía meses que el final estaba próximo. Así, subrepticiamente, abandonó las instalaciones el 17 de enero de 1945, tan sólo diez dias antes de que las primeras avanzadillas del Ejército Rojo liberasen a los escasos supervivientes del terror. Para el mes de abril, mengele intenta dirigirse hacia el Oeste simulando ser un soldado de infantería, pero es detenido por los estadounidenses. Sin embargo, pese a ser encerrado en Nuremberg, será liberado junto con el resto de soldados pues los aliados desconocían su verdadera identidad. No resulta extraño. El nombre de Josef Mengele sólo salió a la luz una vez pasado el juicio principal de Nuremberg, cuando los encargados de investigar las tropelías cometidas por los médicos de los campos descubrieron las terroríficas actividades y la identidad de su autor.
En todo caso, la huída y el exilio de Josef Mengele permanecen en gran medida en el misterio y son fuente de toda clase de rumores y especulaciones difícilmente demostrables. Nos ajustaremos aquí a los hechos conocidos y documentados. Parece claro que pasó algunos años refugiado en su Günzburg natal así como en otras poblaciones de Baviera pese a la repudia de su esposa, que fue incapaz de asumir las atrocidades por él cometidas y de la que se divorciaría por correspondencia, de suerte que no logró llegar a Argentina sino hasta 1949. Para ello sería determinante la ayuda económica de su padre. Y lo cierto es que el nombre de Mengele no aparecía por sitio alguno en los informes sobre las barbaridades de los campos nazis pues se le creía muerto, de manera que ya en Buenos Aires recuperó su auténtico nombre e incluso se inscribió con él en el listín telefónico. La certeza de su impunidad le llevó a realizar audacias tales como la de retornar a Suiza en 1956 a fin de visitar a su hijo Rolf, o la de recibir en su residencia argentina a sus familiares con luz y taquígrafos. Tal era su confianza que, con el apoyo familiar, Mengele prosperó en el exilio regentando una tienda de juguetes y, posteriormente, asociándose en la empresa farmacéutica Fadro Farm.
No obstante, Simon Wiesenthal dio con él al encontrar el acta del divorcio. El gobierno de Bonn solicitó al de Argentina la extradicción del genocida, pero alertado por sus amigos en la República Federal Alemana, Mengele puso tierra de por medio y se trasladó al Paraguay. Allí fue acogido sin problema alguno por el dictador Alfredo Stroessner, y a partir de entonces llegaron las vacas flacas para Josef Mengele. Lo importante es que a pesar de los enormes esfuerzos internacionales por capturarle, logró vivir la friolera de 35 años bajo diversas identidades... Y esto es lo más extraordinario de todo: por alguna razón desconocida el gobierno hebreo fue incapaz de echarle el guante cuando, al mismo tiempo, es un dato conocido que su hijo Rolf le visitó en un par de ocasiones en su exilio paraguayo e incluso intercambió correspondencia con él. Raro.
En 1960, agobiado por los problemas económicos -el dinero alemán dejó de llegar-, sumido en problemas personales y aquejado de cierta paranoia, Mengele marchó a Brasil. Allá fue acogido por una familia de origen alemán. Posteriormente, terminó en una favela, habitando una mísera cabaña en la que consumió sus últimos años rumiando problemas de conciencia y negando que fuera el monstruo que se decía de él. En 1979 la familia alemana que lo acogiera por vez primera en Brasil le invitó a la playa de Bergoteira donde se ahogó inexplicablemente. La playa tenía escasa pendiente, la profundidad del agua era poca... la versión oficial habló de "golpe con un madero entretanto nadaba", cosa harto difícil porque Josef Mengele, y esto era dato conocido, nunca nadaba porque jamás aprendió. Enterrado en el cementerio de Embu bajo el nombre falso de Wolfgang Gerdhard, sus restos fueron exhumados en 1985 para certificar su identidad, extremo que los análisis de ADN confirmaron finalmente en 1992.
Resultó que el viejo ahogado de Bergoteira era uno de los más sádicos y terribles asesinos de todos los tiempos.
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