Morgan, Sir Henry.
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1634.
País de Gales.
Hijo de un granjero.
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Marino y mercenario.
Corsario.
Piratería.
Tortura y asesinato. Asedio, abordaje y robo de navíos españoles.
Nunca se le juzgó.
Retirado, murió respetablemente en su cama.
¿Era Henry Morgan un criminal? Depende como se mire. Para los británicos no lo era en absoluto en la medida que siempre operó como corsario. Para los españoles, ajenos a esta clase de trampas legales, nunca fue otra cosa que un pirata tan merecedor de castigo como cualquier otro. En efecto, un corsario era estrictamente un mercenario de la mar contratado por una empresa privada para atacar a los navíos mercantes del enemigo. Este tipo de mercenarios -también llamados "bucaneros"- navegaban con una patente de corsario concedida por algún miembro destacado del Estado, o por la propia Corona, y resultaban muy interesantes pues no suponían gasto alguno para las arcas entretanto habían de pagar con un buen porcentaje de sus capturas. En definitiva, para los británicos -y en algún caso también para los portugueses- los corsarios eran una especie de "piratas legales".
Poco se sabe de la vida de Henry Morgan hasta 1667. En esa fecha, sin que se sepa cómo llegó al Caribe, fue comisionado como corsario por el gobernador de Jamaica, Sir Thomas Modyford, para apresar buques españoles. Sucedió que en ese mismo año el rey Carlos II firmó un tratado de paz con España y ordenó con ello el retiro de todas las licencias de corsario, pero Modyford supo que los españoles se aprestaban a invadir Jamaica desde Cuba. Dado que carecía de protección naval, Modyford ignoró el mandato real y ordenó a los corsarios que realizasen una incursión en Cuba a fin de capturar prisioneros españoles que le informasen de todos los planes en curso. Así, dotado con doce barcos y setecientos hombres, Morgan logró tomar Puerto Príncipe tras una dura batalla y torturó a todos los prisioneros sin descanso hasta que obtuvo los informes deseados. Sin embargo, el botín obtenido en la sangrienta empresa fue escaso.
Contrariado, Henry Morgan zarpó entonces en dirección a Puerto Bello y saqueó la ciudad. Tampoco logró en esta ocasión el ansiado tesoro, de manera que insistió hasta obtenerlo en una tercera expedición. Lo cierto es que Henry Morgan estaba dispuesto a seguir adelante, pero el rey amonestó severamente a Modyford y éste le retiró la licencia con lo que el corsario quedó en dique seco. En todo caso, el objetivo de salvar Jamaica se había cumplido y ello evitó a ambos males mayores.
Morgan permaneció en sus plantaciones hasta 1670, año en que un buque español realizó una dura incursión de castigo en Jamáica que despertó las iras del gobernador Modyford. De inmediato volvió a licenciar al aguerrido Henry Morgan, quien realizó un sangrienta incursión en el Istmo de Darién para realizar, a continuación, su más famosa gesta: El asalto a Panamá. De nuevo Jamaica había sido salvaguardada con éxito.
En todo caso, Carlos II había planeado una guerra contra Holanda, por lo que inició una política de apaciguamiento con España. Así, Modyford fue nuevamente amonestado y, junto con Morgan, reclamado desde Londres. Nunca se formuló cargo alguno contra Henry Morgan, pero como muestra de buena voluntad hacia la corona española el bucanero permaneció tres años allí "bajo custodia". Pasado este tiempo el gesto ya no se estimó oportuno, por lo que Modyford y Morgan fueron enviados de nuevo a Jamaica. El primero en calidad de juez supremo, el segundo -ordenado ya caballero- como teniente del gobernador. La paradoja del caso reside en el hecho de que Morgan pasó de ser corsario a verse en la obligación de perseguir las prácticas de corsarios y piratas en aguas jurisdiccionales británicas.
En estos menesteres que alternaba con la gestión de sus plantaciones, pasó Henry Morgan el resto de sus días hasta que la muerte le sobrevino en 1688.