Manuel Sánchez
Maria Luisa Sánchez
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Manuel Sánchez López / María Luisa Sánchez Noguerol.
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Manuel Sánchez, 1870 / María Luisa Sánchez, 1893.
Manuel en La Coruña [España] / Maria Luisa en Madrid [España].
Ambos de clase media.
Ambos con estudios elementales.
Sánchez, capitán del ejército / Maria Luisa, planchadora.
Sánchez ejercía como conserje en la Escuela Superior de Guerra de Madrid.
Asesinato en la persona de Rodrigo García Jalón.
Engatusado por Maria Luisa, Jalón fue asesinado a martillazos por Manuel.
Manuel, fusilado el 3 de noviembre de 1913 / María Luisa, cadena perpetua.
La participación de la prensa fue determinante en la resolución del caso.
Las parejas criminales conformadas por miembros de una misma familia siempre resultan especialmente llamativas por la sencilla razón de que jamás parece quedar claro quién induce, quién lleva la voz cantante en los hechos, quién planea... Interrogantes que, por otro lado, tampoco suelen verse respondidos a satisfacción de todos los interesados. Mucho de eso hay en este célebre caso, llamado comúnmente Crímen del Capitán Sánchez porque fue al padre a quien se cargó todo el peso de los acontecimientos, pero en el que María Luisa, su hija, dijo mucho más de lo que muchos imaginaron en un principio.
Manuel Sánchez era un ludópata en toda regla. Atrapado por la magia de los naipes y separado de su mujer -que vivía en Argentina- tenía a su cargo no sólo a María Luisa, sino también a otros cuatro chiquillos. Las deudas de juego, por tanto, le asediaban constantemente y el peso de las cinco bocas que alimentar le traía por la calle de la amargura. A ello se sumaba el problema de las apariencias porque el Capitán era un hombre que gustaba de lucir uniforme y gallardía. Que se jactaba de ser un jugador de primera, un militar de primera y todo un señor. Así, era cosa común verle sentado en las mesas de juego del Círculo de Bellas Artes vestido con suma elegancia y pulcritud, luciendo un alfiler de brillantes en forma de herradura sobre el fondo de la corbata. Y lo más sorprendente es que en aquella época el juego estaba completamente prohibido y perseguido en España, al menos en teoría, porque la realidad era que se jugaba en todas partes y a todas horas.
María Luisa tenía mucho de la pasta de su padre. Rolliza, guapa de cara y resultona -como gustaban las mujeres en aquellos días- iba por el mundo rompiendo corazones. Muchos habían sido sus pretendientes, pero todos habían salido escaldados de sus faldas por una u otra razón. En cierto sentido, puede decirse que también a ella le iba el juego, aunque se tratara de partidas de otro tipo. Ella decía que trabajaba como planchadora, pero lo cierto es que no pocas mujeres del vecindario decían que los dineros que metía en la casa venían de otra cosa bien distinta -extremo que posteriormente se confirmaría durante el jucio.
Lo cierto es que fue en el Círculo de Bellas Artes que coincidieron Manuel Sánchez y su víctima, Rodrigo García Jalón, un hombre ciertamente llamativo que tampoco le era a nadie indiferente. Elegante y aparentemente muy rico siempre apostaba fuerte y lucía una cartera repleta de billetes que parecían no tener fin, ya ganara, ya perdiera. Pero no fue esto, a pesar de todo, lo que hizo al Capitán centrar su interés en aquel tipo sino, sobre todo, el hecho de que en cierta ocasión le observó paseando con María Luisa, y la visión hizo que un siniestro plan para aumentar su maltratada bolsa comenzara a urdirse en su mente.
Debidamente aleccionada por su padre, y no ha quedado claro si de acuerdo u obligada, María Luisa invitó al embelesado García Jalón a cortejarla en su casa. Bien porque el invitado se oliera algo raro, bien porque fuera hombre cauto, tuvo el acuerdo de cambiar las 5.000 pesetas que llevaba en la cartera por una ficha equivalente antes de salir del Círculo. Así, y según lo convenido, se presentó en la vivienda de Manuel Sánchez ignorante de lo que se avecinaba. El plan no era matarle sino sustraerle la cartera en pleno trance amatorio para luego, caso de ser descubiertos, chantajearle con un posible escándalo. Pero, como suele suceder en estos casos, las cosas se complicaron. Parece que García Jalón y María Luisa se enzarzaron en una virulenta discusión que obligó al capitán Sánchez a abandonar su escondite y tomar parte en la cuestión, de modo que aquello terminó con la muerte del galán a martillazos. Y, como algo había que hacer dadas las circunstáncias, padre e hija se pusieron a la tarea de desmembrar el cuerpo del inopinado don Juan. La cabeza del muerto fue a parar al fogón de la cocina, las partes blandas se echaron al retrete cuidadosamente si bien aquello provocó un desagradable atasco que les llevó a cambiar de estrategia, de suerte que la osamenta y buena parte del cadáver fueron emparedados en el piso superior de la casa. Manuel Sánchez se hizo ayudar de dos soldados albañiles para arreglar el atasco del retrete y terminar de apañar los tabiques, pero estos, bien aleccionados en los deberes de la milicia, no se atrevieron a preguntar nada a pesar de lo extraño de los acontecimientos. Lo peor para la pareja de asesinos resultó ser que el pírrico botín se redujo a la ficha, veinte duros, un reloj y dos anillos.
El crimen hubiera pasado inadvertido de no ser porque los socios en el delito, guiados por la avaricia, cometieron dos errores de bulto: Intentar cambiar la ficha de 5.000 pesetas y empeñar las joyas. Más aún, dado que las mujeres tenían completamente prohibida la entrada en el Círculo de Bellas Artes, el hecho de que la hija del capitán intentara trocar la ficha por los billetes no pasó inadvertido a nadie. Parece que la osada María Luisa se empecinó en ello contra el criterio de su padre que, sin duda, no las tenía todas consigo. No obstante, el cajero del casino se negó amablemente a satisfacer las exigencias de la joven (que nada podía alegar sin despertar más sospechas) y la hizo seguir. Descubrió con ello que se trataba de la hija del Capitán... Dado que el hijo de García Jalón ya había denunciado la desaparición, el cajero metido a inopinado detective puso a la policía tras la pista de ambos.
No obstante, casi eludieron a la justicia dada la nefasta investigación que se llevó a cabo. De hecho, tras ser detenidos e interrogados fueron puestos en libertad por falta de pruebas a pesar de los registros. Fue entonces que un reportero de El Imparcial, Francisco Serrano, quien andaba investigando el caso por su cuenta, dio con los dos soldados albañiles y destapó con ello el escondite del cadáver. Cuando se descubrió aquello, se encontró el cuerpo incompleto y en avanzado estado de descomposición así como las ropas y el arma del delito. Con ello, los criminales ya no tuvieron escapatoria alguna.
El capitán Sánchez, tras el juicio, fue condenado a muerte y fusilado en el amanecer del 3 de noviembre de 1913. María Luisa, condenada a cadena perpetua, perdió la razón en la cárcel -dicen que comida por los remordimientos- y falleció doce años más tarde.
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