Scott, Mark.
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1969.
Johannesburgo [Sudáfrica].
Familia de hacendados blancos.
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Terrateniente.
Granjero.
Asesinato.
Ayudado de su capataz, echó a los leones a un antiguo empleado.
Cadena perpetua.
Contrajo matrimonio en el mismo día de ser sentenciado.
Nelson Oupa Chisale, negro, antiguo empleado en la finca de Hoedspruitt propiedad de un blanco, Mark Scott, regresó en la mañana del 1 de enero de 2004 en busca de sus pertenencias. Chisale, que había sido carpintero allí, fue despedido con cajas destempladas porque -dijo su jefe- bebía mucho y trabajaba más bien poco. Sea como fuere, nada más poner Chisale el pie en Hoedspruit, alguien dijo al propietario que se encontraba allí. Y Scott montó en cólera. Echó mano del rifle, entró de un salto en el todoterreno y se encaminó hacia los viejos barracones que servían de vivienda a los empleados.
En efecto, allí estaba Nelson Chisale haciendo su parco equipaje. Tal vez quisiera explicar a Scott que sólo queria sus cosas y que luego se marcharía, pero el patrón, encolerizado, no estaba dispuesto a escuchar a un hombre que había entrado en su propiedad sin pedirle el pertinente permiso. Le encañonó con el arma y ordenó a una empleada que andaba por allí que fuera en busca de Simon Mathebula, el capataz. Un horrendo plan se había pergeñado en su mente... Ningún antiguo empleado volvería a entrar en la finca sin su consentimiento porque iba a dar al carpintero un escarmiento ejemplar.
Mathebula, otro negro de 41 años y hombre de confianza de Mark Scott, se personó en los barracones. Varios trabajadores, alertados por el jaleo, se arremolinaban en torno a la construcción destartalada. Pero nadie iba a socorrer a Chisale. Se temía tanto la ira del patrón que ninguno de los presentes estaba dispuesto a jugarse el trabajo... O algo peor. Así, ante varios testigos, Nelson, visiblemente aterrorizado, fue atado de pies y manos por sus captores y colocado en el todoterreno. El trío salió de la finca levantando una enorme polvareda. La mayor parte de los empleados imaginó que Scott y Mathebula sólo darían a Nelson Chisale una buena tunda. Nadie supuso que los planes del terrateniente eran bastante más ominosos. ¿Quién podría?
El vehiculo recorrió unos veinte kilómetros, hasta Mokwalo, una reserva de leones blancos ubicada al norte de Johannesburgo. Tal vez meditando acerca del paso que iba a dar, Scott condujo en completo silencio alrededor del perímetro vallado durante unos minutos hasta encontrar a cinco felinos dormitando al sol. Tenían hambre, por supuesto. Detuvo entonces el vehículo, arrastró a su prisionero afuera y, ayudado de Mathebula, le echó por encima de la valla. Atado. Indefenso. Resulta fácil imaginar los alaridos de pánico que debió proferir Nelson Chisale a medida que los leones se aproximaban. Pero el silencio de la sabana era denso e impenetrable. Los felinos -el león blanco sudafricano es una variante especialmente agresiva- desmembraron y devoraron su cuerpo en pocos minutos.
Pasaron semanas. Chisale no era ya más que un mal recuerdo que aparecía de vez en cuando en las conversaciones de los laboreros de Hoedspruit. ¿Qué habría sido de el? Eso mismo se preguntó su sobrina, Fetsang Jafta, cuando dejó de llegar el dinero que solía enviar para la manutención de su mujer y sus tres hijos. Nelson nunca había faltado a esta obligación y ello hacía el silencio todavía más extraño. Así, puso el caso en conocimiento de la policía que, pronto, se personó en la finca de Mark Scott. Como es lógico suponer, el patrón ya había imaginado que aquella contingencia podría darse más tarde o más temprano, por lo que había aleccionado debidamente a todos sus empleados: Nadie diría haber visto a Nelson Chisale en la finca desde el día en que se le despidió... Y quien lo hiciera debería atenerse a las consecuencias. En efecto, todo el mundo calló. La policía salió de Hoedspruit con las manos vacías.
Ocurrió, sin embargo, que un vigilante de la reserva Mokwalo dio con los restos de la víctima junto a la valla. Apenas jirones ensangrentados de ropa, algunos huesos, parte del craneo y la falange de un dedo. Alertada la policía del hallazgo resultó que al otro lado de la valla se descubrieron las rodadas de un todoterreno inmortalizadas en el barro reseco. Era fácil atar cabos: Se trataba de un molde perfecto de las ruedas del vehículo de Mark Scott. Sólo faltaba convencer a alguien de que testificase en su contra, cosa harto difícil pues todavía hoy en Sudáfrica resulta complicado que la ley pueda caer con todo su peso sobre un terrateniente blanco. Pero al final, 23 de los testigos de la desaparición de Nelson Chisale decidieron aliviar sus conciencias. En otro caso hubieran sido acusadas de obstrucción a la justicia puesto que las pruebas forenses practicadas en el todoterreno de Mark Scott eran relevantes.
El revuelo vivido en Sudáfrica por la particular barbarie del crimen desencadenó, incluso, una ola de disturbios raciales en Johannesburgo. Las cosas llegaron a tal punto que el juez Maluleke, a la sazón encargado del escabroso asesinato, tuvo que realizar diversos llamamientos públicos a la tranquilidad. Se pedía la muerte para el hacendado, pero ello era inviable pues Nelson Mandela abolió la pena capital en el país en 1996. En todo caso, Mark Scott fue condenado a cadena perpetua y su capataz, Mathebula, a 15 años de prisión por su complicidad en el crimen. Inútiles fueron los intentos de los abogados y familiares del terrateniente para que varios miembros de la familia de Nelson Chisale testificaran a favor de Scott a cambio de dinero... No todo tiene un precio.
No obstante, Mark Scott no sólo no mostró arrepentiemiento alguno por sus actos sino que decidió contraer matrimonio en el mismo día de su sentencia con Simonetta Strydom, su compañera hasta entonces.