Dracul, Vlad.
Drácula / Empalador / Hijo del Diablo.
1428.
Sighisoara [Rumanía].
Noble.
Armas / Letras / Políticos.
Ninguno.
Príncipe de Valaquia / Militar.
Criminal de Estado.
Crueldad extrema con sus enemigos.
Ninguna.
Jamás se encontró su cuerpo y ello ha sido pretexto para infinidad de leyendas.
Vlad Dracul era nieto de Mircea el Grande, soberano de Valaquia. De extraños modales y controvertida biografía, sus hazañas fueron poco corrientes y le hicieron ganar un singular espacio en la historia. Siendo uno de los tres hijos legítimos del también llamado Vlad Dracul (dragón o diablo), príncipe de Valaquia así conocido por pertencer a dicha orden, se ganó por méritos propios la herencia del apodo paterno pues su crueldad y sangre fría llegaron a hacerse legendarias.
En aquellos días el trono de Valaquia estaba seriamente amenazado por turcos y húngaros. Pero la amenaza interna no era menor, pues el reino se encontraba acosado por nobles ávidos de poder que luchaban entre ellos con enorme ferocidad. Así pues, la situación de Valaquia cuando el joven Vlad se corona es harto compleja. De hecho, la trágica muerte de su padre, ejecutado por Iancu de Hunedoara en 1447, le había obligado en su día a ponerse del lado de los turcos pues estos eran adversarios del asesino de su progenitor. Así, con la ayuda de los otomanos accedió al trono en Septiembre de 1448. Poco le duró la gloria ya que lo perdería muy pronto a causa de las presiones de la nobleza, a la que los húngaros -que no dejaban de ver a la pequeña Valaquia como una región de su propiedad- apoyaban desde el exterior.
La historia de Vlad se pierde entonces hasta 1456, momento en que, obrando con inteligencia política, se separó de los turcos y estrechó relaciones con el otrora enemigo Iancu de Hunedoara. Este movimiento le allanaría el camino para volver a reinar en Valaquia. Escarmentado de los errores pasados y explotando su persuasión, obtiene el mando de un pequeño ejército aprovechando su intervención en la guerra del monarca húngaro Ladislao V de Habsburgo, Archiduque de Austria y Rey de Bohemia, quien veía amenazados sus intereses en la región. Al mando de sus exiguas tropas, Vlad logró apresar al principal enemigo de Ladislao, al que hace decapitar en la ciudad de Tirgusor. Su retorno al trono de Valaquia queda así expedito.
Su primera medida tras la coronación fue la de garantizar a sus súbditos la protección contra los turcos y el libre comercio en las montañas de Valaquia, a cambio de que estos le prestaran ayuda en caso de guerra. Sin embargo, el hecho de que el nuevo príncipe obrara con excesiva independencia alertó a húngaros y alemanes, quienes fueron modificando su actitud hacia Vlad Tepes. Así, en 1457, solicitaron a sus súbditos que apoyaran a otros pretendientes a la corona más de su agrado. Esto puso en marcha un largo juego de intrigas palaciegas que culminó en 1459, año en el que Vlad ordenó empalar y quemar a un buen número de cabecillas rebeldes. Comenzó de este modo la carrera de crueldades que le han hecho célebre. Lo cierto es que, favorecido por la suerte, logró atrapar al más peligroso de sus adversarios, Dan Voeivod, en la primavera de 1460. La venganza de Tepes fue ejemplar pues obligó al reo a cavar su propia tumba y a asistir a sus funerales antes de la ejecución.
Consolidado en el trono y necesitado de recuperar la confianza de Hungría, El Empalador se alzó contra los turcos a quienes no pagaba los tributos desde hacía ya tres años. El sultán Muhammad II, conquistador de Constantinopla, conociendo el temple de su enemigo, así como la fidelidad y la fiereza incuestionables de su ejército, prefirió utilizar la cabeza antes que la fuerza. De tal modo, envió como mensajero a Catavolinos, un colaboracionista de origen griego, a fin de que citáse a Vlad en Giurgiu con la intención de solucionar un supuesto problema fronterizo. En realidad era una trampa, pues Muhammad apostó cerca de la población un amplio destacamento de tropas escogidas al mando del general Hamza Beg. El hecho es que Vlad fingió caer en la celada, y se presentó con parte de los tributos pendientes y algunos presentes para el sultán, pero también se las ingenió para ocultar al enemigo un contingente de caballería que derrotó a los otomanos. Tras la victoria se apoderó del lugar e hizo prisioneros al griego y al general turco, quienes fueron conducidos a Tirgovisthe, capital de Valaquia. Allí serían empalados junto el resto de los prisioneros.
Animado por este primer éxito, Vlad se decidió a emprender una campaña militar en toda regla. De tal modo, cruzó el Danubio, infringió al enemigo algunas derrotas severas e incendió y saqueó a su antojo. La leyenda del osado Tepes crecía en progresión geométrica, pues ni siquiera otros reinos de mayor potencial económico y militar se habían atrevido a hostigar a los otomanos con semejante descaro. Estos acontecimientos explican el hecho de que, en enero de 1462, en una carta dirigida al nuevo soberano húngaro, Matías Corvino, le informara de haber acabado con más de 24.000 enemigos. Lo cierto es que Vlad Tepes se convirtió en una figura tan terrorífica para el pueblo turco que muchos ciudadanos abandonaron Estambul cuando corrió el infundado rumor de que El Hijo del Diablo y sus huestes avanzaban hacia la ciudad.
Preso de la cólera, negándose a aceptar que un pequeño reino como Valaquia le propiciara semejante humillación, Muhammad II dispuso un gran ejército de 250.000 hombres y una flota presta a remontar el Danubio con la finalidad de aplastar al temerario Vlad de una vez y para siempre. Frente a ello, Tepes tan sólo contaba con una fuerza de 10.000 hombres y su habilidad en la guerra de guerrillas. Pero la suerte le acompañó de nuevo, y una intempestiva epidemia de peste ocasionó tantas bajas entre los hombres del sultán que no le quedó otro remedio que ordenar la retirada.
Al no poder doblegar a Tepes por las armas, Muhammad decidió emplear la astucia y solicitó la presencia del hermano de Drácula, conocido como Randú El Hermoso. Años atrás Randú, que se consideraba el único heredero legítimo del trono valaco, había decidido aliarse con los turcos imaginando que este movimiento le haría recuperar tarde o temprano lo que consideraba suyo. Y no estaba desencaminado. Lo cierto es que el enfurecido sultán le dotó de un ejército y le envió a la guerra contra Dracul. Tal y como los maquinadores otomanos esperaban, la nobleza de Vlad le llevó a aparcar su crueldad, de suerte que se negó a combatir contra su propia sangre. Sería de este modo confinado por doce años en la ciudad de Visegrado. Mientras, su hermano ocupaba el trono y se convertía en un títere del sultán. Lo cierto es que las circunstancias de su liberación no están claras, pero algunos historiadores sostienen que Vlad hizo un nuevo pacto con el Rey de Hungría, a fin de expulsar a los otomanos cuya cercanía a las fronteras húngaras había empezado a preocupar seriamente al monarca. De este modo, la corona húngara habría pagado el cuantioso rescate que se pedía por él.
La historia oficial vuelve a reencontrarse con Tepes en la batalla de Vaslui, acaecida en enero de 1475, formando entonces parte del contingente de refuerzo contra los turcos enviado por Hungría al príncipe transilvano Esteban Báthory. Lo cierto es que tras duros combates El Empalador recuperaría su trono en noviembre de 1476. Al parecer, la prisión y el recuerdo de la infidelidad de su propio hermano le habían endurecido a tal punto que su proverbial crueldad ya parecía no conocer límites.
Hay dos versiones acerca del final de Vlad Tepes. La primera de ellas dice que semanas después de su nueva coronación, un contingente turco le cogió desprevenido, con una escolta de sólo 200 hombres, con lo cual lograron darle muerte. Según esta versión, la cabeza de Vlad fue enviada a Estambul y exhibida públicamente. La segunda explicación -poco probable pues la admiración y el respeto que sus huestes sentían por él era inquebrantable- alude a una rebelión de sus propios hombres que, instigados por una traición y hartos de su crueldad, le habrían asesinado y despedado. En ambos casos queda constatado el hecho de que el cadáver de Vlad Tepes nunca fue encontrado. Sea como fuere, le sucedió al frente de Valaquia, de nuevo, su hermano Randú, quien reinaría bajo la tutela del sultán hasta Septiembre de 1500.
El temor reverencial que inspiró en sus enemigos y el fervor popular que suscitó en Hungría y Rumanía, unidos al hecho de que jamás se halló su cuerpo, dieron pie a muchas historias extrañas posteriores a la muerte de Vlad Tepes. No pocos afirmaron haberle visto tras su indemostrada defunción. Otros arguyeron que no podía morir puesto que era inmortal, idea alimentada por el hecho de que su vida fue, como se ha visto, en gran parte tan oscura que parecía aparecer y desaparecer a su antojo, incluso cuando muchos le pensaban muerto desde hacía años. Sea como fuere, estas historias han alimentaron los mitos y leyendas alrededor de la figura de Tepes.
Es falso que el dramaturgo irlandés Bram Stoker se inspirase en Vlad Tepes a la hora de diseñar el célebre personaje del vampiro Drácula. De hecho, Stoker jamás estuvo en Rumanía y tampoco conocía la historia de El Empalador, de suerte que este vínculo ha sido establecido a posteriori, por los revisores de la obra del escritor británico que encontraron singulares parecidos (incluso físicos) entre el personaje ideado por Stoker y el monarca valaco. Parecidos atribuibles a la mera coincidencia. De hecho, cuando Bram Stoker escribió Drácula, tenía en mente el folklore popular centroeuropeo antes que dato histórico alguno. No obstante, ha sido esta falsedad ampliamente difundida, sumada a la leyenda popular que se tejió en torno a la figura de Tepes, y no su propia vida, los elementos que le han transformado en un mito intemporal. De hecho, su crueldad no fue mayor que la de cualquier otro gran mandatario de su época y se justifica en gran medida por los avatares y reveses de su existencia azarosa y compleja. De hecho, en Rumanía Vlad Tepes no es recordado como un monstruo sino, en todo caso, como un auténtico héroe nacional.