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Los hechos:

Veerappan, Koose Muniswamy.
-.
18 de enero de 1952.
Gopinatham [Karnataka / India].
Clase muy baja.
Ningunos.
Ninguno.
Pastoreo.
Bandidaje / Pirateria / Extorsión / Secuestro / Asesinato / Contrabandismo.
Lideraba una banda de 40 hombres que fueron el terror de las junglas de tres estados del Sur de la India.
Murió en un tiroteo con la policía en Papparapatti el 18 de octubre de 2004.
La policía hindú gastó miles de millones de rupias a lo largo de años para capturarle.

Un pastor pobre, procedente de una familia harto numerosa. Ese era Veerappan. A los ocho años ya trabajaba de sol a sol para ganar un sueldo de miseria entretanto otros niños de su condición -los menos- aprendían a leer. Y a los 17, al igual que otros muchos chicos de su clase, ya estaba harto de ser honrado por un insignificante puñado de rupias y se unió a una banda de contrabandistas. Su juventud e inexperiencia, no obstante, no le impidieron destacar rápidamente en la estructura de la organización y muy pronto empezó a ser reconocido -cuando no alabado- por su frialdad, su crueldad y su capacidad para dar y hacer cumplir órdenes. A nadie resultará extraño, pues, que en 1970 ya hubiera matado a un hombre por un ajuste de cuentas, y que en 1972 ya pasara por la cárcel al ser detenido transportando un alijo de marfil.

Debió ser durante esta primera estancia entre rejas que el joven -aunque ya curtido- Veerappan empezó a imaginarse a sí mismo como una especie de Robin Hood a la hindú, al frente de su propia banda, robando a los ricos para alimentar a los que siempre habían sido tan pobres como él. Y debió ser entonces porque ya nunca quiso ser otra cosa y realizó considerables esfuerzos a fin de ofrecer esta imagen. Así, apenas abandona el presidio, Veerappan conforma su propia banda de 40 ladrones -como la del Alí Babá de los cuentos- lo cual nada de tiene de particular si se piensa que era muy supersticioso y que, en la India, existe una firme y ancestral convicción en el poder mágico de determinados números. Lo cierto es que Veerappan hubo de ser un jefe excepcional y terriblemente respetado pues ninguno de sus hombres alzó jamás una mano contra él o discutío alguna de sus órdenes, y todos le acompañaron hasta el mismo día de su muerte. A partir de este momento, la banda de Veerappan se convierte en el terror de las selvas de los estados de Karnataka, Kerala y Tamil Nadu (un territorio virgen e ingobernable de más de 6.000 kilómetros cuadrados). Las autoridades de la zona estiman que Veerappan debió vender ilegalmente más de 10.000 toneladas de madera de sándalo, y que sacrificó a más de 200 elefantes (otras estimaciones menos optimistas hablan de 1.000) a fin de comerciar con el marfil.

Cientos fueron los intentos de emboscar, detener o matar a Veerappan por parte de las autoridades, pero jamás se tenía éxito. Los aldeanos, comprados por el bandido, siempre le ofrecieron toda clase de informaciones y apoyo logístico. Nada importaba cuan alta fuera la recompensa por su cabeza, pues él siempre pagaba más o se limitaba a hacer valer su fuerza.

Con los cuarenta años cumplidos, Veerappan arregló su boda con una muchacha de 18, Muthulaksmi, que le daría tres hijos en los años siguientes. Para entonces -hablamos de 1991- los agentes forestales estaban tan desesperados y superados por los acontecimientos que decidieron ofrecerle un acuerdo: si se entregaba junto con su banda y cumplía una condena menor, se le perdonarían todos los delitos. Su respuesta fue la de decapitar al mensajero y devolverlo de tal guisa a las autoridades. Toda un declaración de guerra que no tardó en cobrarse víctimas. Las primeras fueron el superintendente Kollegal y diez agentes, presas de una emboscada. La respuesta de la ley fue tan inmediata como contundente, y la policía ejecutó a siete de los hombres de Veerappan capturados durante una operación. Tampoco se quedó corta la contestación del bandido: descuartizó a machetazos a unos pastores a los que acusó de haber traicionado a su gente, y amenazó con hacer lo mismo con cualquiera del que sospechara comportamientos similares. Así, con el paso de los meses, Veerappan se habían convertido en todo un mito del pueblo; en un auténtico poder paralelo y castigador en el ámbito rural de tres estados que ponía en tela de juicio todo el sistema establecido, que cuestionaba demagógicamente la riqueza del rico y la pobreza del pobre, que lucharía por la justicia... y las Autoridades no tardaron en comprender que ya no bastaba con detenerle y juzgarle publicamente: Veerappan tenía que morir.

A tal punto llegó su influencia que no tardó en recibir apoyo de las guerrillas independentistas tamiles. Así por ejemplo, en 1993, la ayuda que uno de estos grupos le proporcionó para huir de una celada policial, terminó con una auténtica y sangrienta batalla. Tampoco puede decirse, por otro lado, que los métodos empleados por la policía para reprimir esta inopinada rebelión fueran más ortodoxos que los del propio Veerappan: Su esposa fue capturada y jamás se volvió a saber de ella. Uno de sus hermanos, Arjunan, fue ejecutado. Se torturó a cualquiera del que cupiese obtener alguna información sobre paradero del bandido... Y las refriegas y combates en mitad de la jungla se sucedieron sin solución de continuidad. A cada muerte propiciada por las autoridades Veerappan no dudaba en responder con otra, y este toma y daca no tardó en elevarle al rango de personaje mediático internacional que incluso protagonizó documentales televisivos y reportajes.

Pero la guerra es cara, especialmente cuando la diferencia de potencial entre los contendientes es tan grande, y a Veerappan empezó a no bastarle con el contrabando para sufragar su resistencia. El problema era que la policía le estrechaba el cerco, dificultaba cada vez más sus movimientos y le impedía trabajar con la misma eficacia que antaño. Esto motivó que se pasara al lucrativo negocio de los secuestros, que le proporcionó cierta holganza económica. La banda de Veerappan se atrevió a secuestrar a grandes personajes mediáticos como el célebre actor Gajanur a Raikumar (protagonista de más de 200 películas y uno de los grandes mitos hindúes del celuloide), a quien liberó en el año 2.000, tras 109 días de cautiverio y el pago de 500 millones de rupias. Se atrevió incluso -en agosto de 2.002- con un ministro del gobierno de Karnataka, a quien ejecutó.

Lo cierto es que, finalmente, la policía logró encontrar a un aldeano lo suficientemente necesitado como para no temer a la banda de Veerappan o simpatizar con su guerra particular, y que reveló su paradero a cambio de cinco millones de rupias. Así, el bandido sería abatido en Paparapatti junto con varios de sus correligionarios. Miles de personas acudieron al entierro de esta inesperada leyenda de los pobres que dejaba tras de sí más de cien asesinatos reconocidos (por no hablar de los otros cientos que se le atribuyen)... Y su cadáver hubo de ser escoltado por cientos de agentes.

¿Héroe o villano?


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