Retrato robot de Zodiaco


Reconstrucción de Robert Graysmith del asaltante del Lago Berryesa a partir del testimonio de Brian Hartnell


Robert Graysmith


Dave Toschi


Paul Avery


Arthur Leigh Allen

Nombre completo:
Aliases:
Fecha de nacimiento:
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Oficio reconocido:
Ocupación habitual:
Cargos:
Modus operandi:
Sentencia:
Curiosidades:

Los hechos:

Desconocido.
Asesino del Zodiaco.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Desconocido.
Asesinato en Serie.
Merodeador. Se carteaba con la policía y los periódicos.
Nunca fue capturado.
La cifra exacta de sus víctimas es un completo misterio.

Todo comenzaría en diciembre de 1968 con el asesinato de una pareja –David Arthur Faraday y Betty Lou Jensen- en la carretera del lago Herman, a las afueras de la ciudad de Benicia (California). Un crimen más, absurdo y sin sentido, cometido sobre las 22:15 horas en aquel lugar apartado y solitario en el que solían estacionar parejas jóvenes a pesar de las reiteradas advertencias policiales acerca de su potencial peligrosidad. Sin testigos, sin pistas convincentes, sin sospechosos, sin nada por lo que empezar. Zodiaco disparó un solo tiro contra la cabeza del jóven Faraday, que se entraba al volante del coche, y cinco más contra la espalda de la chica entretanto esta intentaba huir sin éxito. Era sorprendente. Cinco blancos perfectos sobre un objetivo en movimiento, a la carrera, bajo la oscuridad de la luna nueva y en un lugar sin iluminación. El asesino, y esto fue lo primero que tuvieron claro los agentes, sabía manejar las armas con pericia profesional. La investigación del caso no avanzará en meses y la policía empezará a suponer que éste será otro crimen sin resolver. Pero, en realidad, quién iba a imaginarlo, la truculenta y retorcida historia del Asesino del Zodiaco no había hecho más que empezar.

En la medianoche del 4 de julio de 1969 iba a producirse otra agresión muy similar en el aparcamiento del campo de golf Blue Rock Springs, en el condado de Vallejo, a escasos kilómetros de la anterior. Los objetivos, también en el interior de un coche, fueron Darlene Ferrin y el agente de policía Michael Mageau. Zodiaco, quienquiera que fuese, estacionó junto a ellos. Acto seguido se marchó, pero regresó apenas diez minutos después y colocó su vehículo tras el de la pareja en una maniobra típicamente policial a fin de evitar que escapasen. Acto seguido se bajó del vehículo y, a través de la ventanilla del copiloto, abrió fuego sobre los ocupantes del coche con un arma del calibre 9 mm a la que había adosado una linterna con cinta adhesiva. Mageau sobrevivió pese a recibir varios impactos. La chica falleció camino del hospital. El agresor tampoco dejó pistas dignas de consideración si exceptuamos el testimonio de Michael Mageau que, a la postre, permitiría a la policía establecer un primer retrato robot. Sin embargo, a lo largo de las investigaciones, se dejó traslucir la posibilidad de que Darlene Ferrin tal vez conociera a su asesino lo cual nunca ha podido probarse y no es más que una especulación carente de fundamento. Sobre todo si tenemos en cuenta que la chica, pese a estar casada, solía tener aventuras regularmente con otros hombres y que su pasado tenía puntos oscuros en relación a ciertas actividades sectarias que no han quedado bien establecidos. En realidad, ella podía temer una agresión de cualquiera de tales hombres despechados, pero esto no implica necesariamente que Zodiaco fuese alguno de ellos.

Sea como fuere, algo iba a cambiar. Zodiaco se dirigió tras cometer el crimen a una cabina telefónica cercana a la oficina del sheriff de Vallejo e hizo una llamada a la policía denunciando el crimen, asegurando que era el autor y asumiendo la autoría del asesinato de la primera pareja meses atrás. Eran las 12:40 horas de la noche. Por supuesto, la llamada fue rastreada, pero no se pudo encontró al emisor. Con el paso de los años corrió el rumor de que quizá, en alguna parte, exista una grabación de esta llamada que permitiría identificar la voz del Asesino del Zodiaco, pero lo cierto y verdad es que esta cinta nunca ha sido encontrada, por lo que es probable que sólo se trate de un bulo.

Ahora, como indica el hecho de que el asesino se detuviera a hacer esa llamada telefónica, las cosas van a cambiar.

Todo comienza el día 1 de agosto de 1969. En las redacciones del “Vallejo Times Herald”, el “San Francisco Chronicle” y el “San Francisco Examiner” se reciben tres cartas prácticamente idénticas del asesino. En ellas se arrogaba los asesinatos cometidos. Además, cada carta contenía un tercio de un elaboradísimo criptograma de 360 caracteres que exigía a los periódicos que fuese publicado en primera plana o, de lo contrario, amenazaba con volver a matar. Indicaba el criminal, en el colmo del egocentrismo, que en ese código estaba su verdadero nombre y retaba a que fuera desencriptado. Se produce, como es lógico, una movilización general. Las misivas se publican. Los primeros intentos de vencer la compleja clave de Zodiaco fracasan (ni siquiera los técnicos de la Inteligencia Naval pudieron con ella). El jefe de la policía de Vallejo, temiendo que todo fuese obra de un bromista, pide públicamente al asesino que ofrezca detalles a las autoridades que permitan determinar su identidad. Zodiaco es ya una estrella mediática de primera magnitud que ocupa portadas de periódicos y noticiarios en medio mundo. La respuesta al llamamiento llega al “San Francisco Examiner” el 4 de agosto. La segunda carta del Zodiaco contiene diversos detalles sobre los asesinatos que no habían trascendido a la opinión pública, por lo que no queda otro remedio que asumir que, en efecto, el autor de las cartas y el asesino son la misma persona.

El 8 de agosto, el matrimonio Harden –un par de voluntariosos y tenaces aficionados al tema- consigue resolver la mayor parte del criptograma… Pero fracasan en lo relativo a los últimos 18 signos, aquellos en los que Zodiaco dice haber ocultado su nombre. Nunca han sido vencidos. De hecho, muchos expertos critógrafos militares han calificado el código del Asesino del Zodiaco –que luego se iría complicando hasta hacerse virtualmente impenetrable- de auténtica “obra de arte”.

Las cartas de Zodiaco –más de veinte en ocho años y siempre escritas con rotulador- eran extraordinariamente singulares, laboriosas y jamás contenían huellas. Incluso el tipo de papel en el que estaban escritas se salía de los estándares habituales (era cortado así ex profeso por el autor) y llegaban franqueadas con el doble del valor en sellos necesario. Con un estilo de letra híbrido, extraño y difícil de catalogar que nunca se ha vuelto a ver más que en imitaciones. Con el tiempo, Robert Graysmith, un caricaturista del Chronicle que probablemente sea la persona que más ha investigado y publicado sobre el caso a lo largo de los años, descubrió que aquella letra no podía ser identificada entre los miles de pruebas caligráficas que se hicieron a los sospechosos porque Zodiaco recurría a técnicas fotográficas, proyectivas y deformantes para elaborarla. Esto hace suponer que el tiempo dedicado a la confección de los textos –al que debe añadirse el empleado en la elaboración de los criptogramas- debía ser muy largo… Hacía falta, sin lugar a la duda, ser un individuo terriblemente obsesivo, metódico y paciente para no rendirse y seguir adelante con aquel juego macabro. Tampoco estaban exentas de humor e ironía. Zodiaco, que demostraba con sus códigos y procedimientos, ser un tipo de elevada inteligencia, cultura y gran conocedor de las estrategias policiales, jalonaba los textos con faltas de ortografía absurdas –así como con tachones innecesarios- que se saben forzadas porque luego no volvía a repetirlas incluso dentro del mismo mensaje. Interesante es destacar un detalle que ha dado mucho que pensar tanto a legos como a expertos: utilizaba una gran cantidad de expresiones propias del inglés británico que en los Estados Unidos prácticamente no se emplean. ¿Otra estrategia para despistar más a las autoridades?

Cundía el pánico. Más cuando el 27 de septiembre de 1969 dos estudiantes, Bryan Hartnell y Cecelia Shepard son atacados a orillas del lago Berryesa. Estaban tumbados en la orilla, a plena luz del día, cuando se les acercó un sujeto de singular aspecto ataviado con una capucha de verdugo negra y una especie de chaleco, también negro, al que había cosido el célebre símbolo reticular del Zodiaco, en blanco, a la altura del pecho. Unas gafas de sol cubrían los agujeros realizados para los ojos en la estrafalaria capucha cuadrangular. Llevaba botas militares con los pantalones por dentro e iba armado con una pistola y un cuchillo largo, tipo bayoneta, en una funda a la cintura junto con una cartuchera. Hablaba con calma, en tono monocorde y bajo, vocalizando bien. Hartnell creía que el hombre sólo les iba a atracar y decidió no hacer nada imaginando que bastaría con darle el poco dinero que llevaban encima. Pero no. El tipo, de complexión fuerte y bastante alto, exige a los jóvenes que se tumben boca abajo y procede a atarlos meticulosamente con cuerda para tender la ropa. A continuación guarda la pistola, tira de cuchillo y los cose a puñaladas para luego abandonarlos a su suerte. Cuando llega a la carretera, con rotulador, escribe algo en la puerta del coche de los jóvenes: “Vallejo 12-20-68,7-4-69,Sept27-69-6:30 by knife” y culmina el texto con el signo que le ha hecho famoso. Desaparece. Pero no ha hecho el trabajo del todo porque los chicos están vivos. Cecelia, malherida, se las apaña para desatar a Brian y éste, como buenamente puede, se arrastra hasta la carretera en busca de una ayuda que consigue con cierta celeridad de la mano de una pareja de pescadores que se encuentran en otra parte del lago. Hartnell sobrevivió milagrosamente pero ella, a pesar de llegar al hospital con vida, moriría dos días después.

A todo esto, a las 19:40 horas, Zodiaco ha llamado a la oficina del Sheriff de Napa, desde un teléfono público, para denunciar el crimen que ha cometido. Tampoco esta vez hay pistas dignas de mención y la policía está empezando a ser ridiculizada públicamente.

Días después, el 11 de octubre, en el centro de San Francisco, un sujeto aborda el taxi de la Yellow Cab que conduce Paul Stine. Paradójicamente, en ese momento el taxista acudía a otro aviso. El tipo le indica una dirección de Presidio Heights y se ponen en marcha. Al llegar al destino un transeúnte que pasea al perro cruza ante el coche -así lo atestiguó- y el pasajero pide a Stine que le lleve una manzana más adelante, hasta la calle Cherry. Cuando el taxi se detiene el tipo se abalanza sobre él y le descerraja un solo disparo en la cabeza. En lugar de marcharse, acto seguido, pasa al asiento delantero y manipula el cadáver de Stine con fines desconocidos para luego, tranquilamente, marcharse caminando. Unos jóvenes que celebran una fiesta en la casa de enfrente –y proporcionarán luego datos precisos a las autoridades sobre el aspecto físico del asesino- lo han visto todo y llaman a la policía.

Se va a cometer un gravísimo error. Los chicos indican a la persona que recoge el aviso que el asalto al taxista se está produciendo en ese mismo momento, y que el asaltante va vestido de negro. El receptor interpreta que se trata de un hombre negro y moviliza a las unidades cercanas bajo esta indicación confusa. Dos agentes que se encuentran en las inmediaciones acuden a la carrera y se encuentran con un hombre alto y fornido, con gafas de pasta oscura, vestido de negro, que camina en sentido contrario, a pocos metros del lugar del suceso. Le abordan. Es blanco. Le preguntan y el tipo les indica que lo ha visto todo y que el hombre que buscan corre en dirección contraria con un arma en la mano. La interacción dura un par de minutos. Lo que ambos ignoran es que acaban de hablar con el mismísimo Zodiaco… De hecho, si se hubieran fijado bien, pese a la oscuridad de la calle y el color de la indumentaria de su interlocutor, habrían advertido que su ropa estaba empapada de la sangre de Stine. Cuando minutos después en la central descubren el error y se transmite la orden adecuadamente, ambos empezaron a comprender lo que había sucedido pero ya era tarde: el criminal se había esfumado para siempre. De hecho, no será hasta días después del incidente que los dos agentes uniformados, Fouke y Zelms, se decidan a relatar el incidente a sus superiores (para mayor algarabía de los medios de comunicación). En el escenario del crimen tan sólo se encuentra una huella dactilar incompleta que nunca pudo ser identificada.

Es a raíz del asesinato del taxista que también entra en escena otro de los grandes protagonistas de esta historia, el detective de homicidios Dave Toschi. Un buen policía de carrera ascendente y hoja de servicios intachable que, con el paso de los años, se hará mundialmente famoso gracias al asunto del Zodiaco. Un caso que al final casi arruinó su vida y su trabajo, y que terminó convirtiéndose en su gran obsesión. O al menos, en algo tan personal como lo fue para Robert Graysmith con quien entabló una sincera amistad. Una compulsión tan irresistible que, aún cuando los fondos para la investigación se cerraron años después, el equipo destinado a la caza del Zodiaco se desmanteló paulatinamente, e incluso él mismo fue cambiado de destino, permanecería como el único policía que siguió tratando de resolver el enigma en su tiempo libre. Junto a su compañero, Bill Armstrong, valiéndose del retrato robot ofrecido por los jóvenes de la fiesta, el testimonio de los dos agentes y la escasa información proporcionada por las cartas periódicas del Zodiaco, Dave Toschi investigaría durante los dos años siguientes a unos 2500 sospechosos en el área de San Francisco. Nunca hubo resultados concluyentes. Lo cierto es que la investigación de esta serie de asesinatos debió resultar extremadamente frustrante pues Armstrong, en 1974, en buena medida gracias al estrepitoso fracaso cosechado, decidió pedir otro destino fuera de homicidios y alejarse del caso. Sirva un detalle para imaginar la decepción que este jaleo pudo provocar en Armstrong: este caso irresuelto es en el que más dinero y recursos ha invertido la Policía de San Francisco a lo largo de su historia.

Tres días después del asesinato de Stine, el 14 de octubre, llega al Chronicle otra carta de Zodiaco conteniendo un trozo de la camisa ensangrentada del taxista como prueba de autenticidad. En ella amenaza con fabricar una bomba y colocarla al paso de un autobús escolar. Estalla la alarma y, a partir de este momento, se produce una estrecha vigilancia de este tipo de transportes en toda el área metropolitana de San Francisco. Junto a la carta, a fin de probar que estaba en disposición de cumplir su amenaza, Zodiaco incluye varios gráficos y una lista de elementos con los que se podría construir una bomba casera como la descrita en el plano. Todo es puesto en manos de especialistas militares, quienes aseguran que, en efecto, el tal Zodiaco sabe lo que se hace y que un aparato como el sugerido podría funcionar.

En medio del caos sembrado por la grave amenaza de Zodiaco, se produce la historieta chusca -inevitable en estos casos- al recibirse en el Departamento de Policía de Oakland, el día 20 de octubre, una llamada de alguien que se identifica como Zodiaco y que exige que se le ponga en contacto con el célebre abogado F. Lee Bailey –quien había defendido en su día nada menos que al Estrangulador de Boston-, o con el también mediático abogado Melvin Belli, a través del famoso programa televisivo matinal de Jim Dunbar. Bailey renuncia a asistir, pero Belli lo hace de buen grado creyendo que es un primer paso de Zodiaco para entregarse a las autoridades. La expectación es máxima. Allá, tras solicitar Dunbar a los televidentes que se abstengan de telefonear para mantener las comunicaciones abiertas, se reciben varias llamadas sucesivas, de escasa duración a fin de evitar que fuesen localizadas, de un sujeto que dice ser Zodiaco y que se identifica como “Sam”. Belli acuerda con él un encuentro personal y discreto que nunca se produjo y que, en el mejor de los casos, hubiera sido cualquier cosa menos discreto. En realidad, el abogado acudió a la cita pero tras esperar durante 45 minutos rodeado de policías y periodistas la llegada de Sam, desistió. El supuesto Zodiaco seguiría comunicándose con Belli a través de llamadas telefónicas sucesivas, pero finalmente pudo identificarse su procedencia: eran de un enfermo mental recluido en un hospital de Napa. Resultaba esperable. Tanto los agredidos que habían sobrevivido al ataque de Zodiaco como los policías que interactuaron con él habían manifestado ya que esa voz no se correspondía con la del auténtico.

El 8 y el 9 de noviembre llegan nuevas cartas. La primera de ellas contiene otro criptograma de 340 caracteres que, tras muchos intentos, sólo sería decodificado con éxito unos catorce años después, tras las profusas investigaciones de Robert Graysmith, quien llegó a incluso a determinar que los símbolos utilizados por Zodiaco en sus criptogramas procedían del tratado astrológico de Oken. Hasta que esto sucedió, no pocos expertos habían asegurado a lo largo de la década precedente que aquel criptograma era un galimatías sin sentido, un bromazo más del asesino. La segunda carta contenía un relato de la conversación que el asesino había mantenido con los agentes de policía durante la noche del asesinato de Paul Stine y, por supuesto, un alegato irónico contra la incompetencia y la estupidez de la policía de San Francisco. El 20 de diciembre, el verdadero Zodiaco le envió otra carta a Melvin Belli, incluyendo en su interior un nuevo fragmento de la camisa del taxista para certificar su autenticidad. En ella pedía al abogado que le ayudase a salir airoso del trance. Sin duda, el criminal se lo estaba pasando en grande.

Pasa el tiempo sin más noticias hasta la noche del 22 de marzo de 1970. Zodiaco vuelve a actuar, en este caso sobre la persona de Kathleen Johns, una joven madre embarazada de siete meses que viaja cerca de Modesto, por la carretara 132, acompañada de su hija de diez meses. Un coche se aproxima tocando el claxon y haciendo señales luminosas con reiteración. Finalmente, la mujer se detiene en el arcén. Del otro coche baja un hombre fornido, con gafas, vestido de negro, que le indica que una de las ruedas traseras está prácticamente suelta y que se ofrece a apretarle las tuercas. Ella accede y así se hace. Luego reemprenden la marcha, pero Kathleen, no muy convencida, deja que él salga primero. A los pocos metros la rueda supuestamente problemática se suelta de verdad. El tipo vuelve a detenerse, esta vez delante de ella y, tras indicarle que el problema es más grave de lo que había imaginado, se ofrece a acercar a la mujer a una gasolinera próxima. En efecto, la gasolinera está cercana y Kathleen decide –irracionalmente- recoger a la niña y subir al coche del desconocido. Le llama la atención el desorden que reina en el interior del vehículo, pero eso es irrelevante frente a lo que ignora: va a pasar por una experiencia tan aterradora como surrealista.

Se ponen en marcha y, por supuesto, el samaritano se salta el desvío de la gasolinera. Ella calla. Él conduce. Pasa el tiempo, se suceden las gasolineras. Muchas a lo largo de las tres horas siguientes que pasan dando vueltas y más vueltas. Algo raro debe pasar por la mente del tipo –alguna clase de extraño debate interno- porque ha tardado mucho en tomar una decisión que, simplemente, se limita a anunciarle con toda sencillez al indicar a la mujer que la va a asesinar. Aprovechando, sin embargo, que se ve obligado a detener el vehículo en un cruce, Kathleen salta afuera con la niña en brazos y se oculta en el campo adyacente. El conductor sale en su busca pero la inesperada llegada de un camionero le pone en fuga. Algo después, ella pondrá la pertinente denuncia en la Comisaría del Condado de Patterson… No le hizo falta más que ver el retrato robot del criminal más buscado del momento para darse cuenta de que había estado en manos del Asesino del Zodiaco.

No obstante, algo falla en la historia de Kathleen Johns: dio con posterioridad versiones diferentes –e incluso encontradas- de aspectos relevantes de esta peripecia que han hecho a muchos investigadores dudar de su autenticidad. Por otra parte, contrasta la furia homicida y decidida con la que el asesino se comportó en sus anteriores crímenes con el comportamiento dubitativo del captor, tal y como fue descrito por la mujer. Quizá nunca fue secuestrada. Quizá su secuestrador nunca fue Zodiaco.

En todo caso, las cosas vuelven a cambiar a lo largo de 1970 pues Zodiaco sigue enviando cartas, pero ahora adopta un tono más irónico, cómico e incluso mesiánico, llegando incluso a parafrasear canciones de un célebre espectáculo musical. Además, indica que ya ha dado suficientes pistas y que la incompetencia policial le exaspera, de suerte que ya no va a atribuirse más crímenes concretos aunque seguirá matando. A partir de ese momento su víctima podrá ser cualquiera que aparezca en circunstancias no esclarecidas. En efecto, desde ahora, a medida que las cartas llegan, el asesino sigue sumándose tantos sin que la policía sepa ya exactamente si tales asesinatos se han cometido realmente y cuales de los casos sin culpables que han tenido lugar en el área de San Francisco podrían ser obra suya. Cualquier desaparecido o asesinado de cuyo caso no pueda darse razón podría ser una víctima más del Zodiaco. O no. Esto sume a la policía en más complicaciones y en un completo caos de teorías.

Otro actor involuntario de esta extraña historia fue Paul Avery, reportero del San Francisco Chronicle encargado de seguir el caso Zodiaco. El protagonismo de Avery subiría en octubre de 1970 cuando recibe una postal navideña del asesino, amenazadora, que fue debidamente autentificada. El periodista no la tomó en serio aunque por decisión policial se le autorizó a ir armado, idea que desechó con el tiempo. Como él mismo señaló a su compañero Graysmith, no quería disparar involuntariamente sobre un inocente en mitad de un ataque de paranoia. Pese a todo, poco después recibe una carta anónima que le invita a escarbar en un antiguo asesinato no clarificado que se cometió en Riverside (cerca de Los Ángeles) en 1966. Su interlocutor le indica que, por sus características, bien pudiera ser también obra del Asesino del Zodiaco.

La chica asesinada entonces, Cheri Jo Bates, fue muerta a las 22:30 horas de la noche del 30 de octubre de 1966 en el aparcamiento de la biblioteca del campus universitario. El cadáver se descubriría a la mañana siguiente. Su vehículo, un Volkswagen, había sido previamente inutilizado por el asesino. Los investigadores descubrieron un poema grabado en uno de los pupitres de la biblioteca cuya letra bien pudiera ser la atribuida a Zodiaco. La misma letra de una carta que recibió la policía tres un mes después del crimen y que su autor titulaba como “La Confesión”. Idéntica letra a la de la carta que el compungido padre de Cheri Jo recibiría en su domicilio seis meses después del crimen y en la que un anónimo que firmaba como Z aseguraba que la chica tenía que morir, y que no sería la última… El 13 de marzo de 1971 Zodiaco envió una carta a Los Angeles Times en el que se reconocía autor del crimen, ninguneaba la decidida actuación de Avery y otorgaba todo el mérito del descubrimiento a la policía. Pese a todo, la conexión es incierta y nunca se ha podido establecer que el asesino de la chica y Zodiaco fuesen la misma persona, por lo que se teme que el criminal simplemente se atribuyó este crimen a posteriori.

Las cartas de Zodiaco, anotándose en cada ocasión un conteo de víctimas más elevado, siguieron llegando a lo largo de los años siguientes, si bien cada vez con mayor espacio de tiempo entre ellas, con cuentagotas, hasta que en el 24 de abril de 1978 se presentó la última. La autoría de esta misiva sigue en discusión y si bien la mayoría de los analistas creen que es de Zodiaco, no pocos han atribuido su autoría al propio Dave Toschi. No en vano, su nombre aparece en la misiva. Además, el propio Toschi, abierta la pertinente investigación, admitió haber enviado una carta anónima a la prensa –firmada por “un fan”- dándose bombo en un absurdo movimiento para incrementar una fama que ya no necesitaba, aunque negó en redondo la autoría de la supuesta carta de Zodiaco, y probablemente no mintiera en este extremo. La tontería del fan casi hunde la carrera policial intachable del detective Toschi que, no obstante, salió airoso del este trance en lo profesional aunque su buen nombre ya nunca ha dejado de estar en entredicho por culpa de un estúpido arrebato de megalomanía.

La cuestión, claro está, es la de quién podría ser el Asesino del Zodiaco y a cuanta gente llegó a asesinar realmente. Y la discusión está muy abierta. Hay autores que asumen que pudo liquidar a cincuenta o más personas a lo largo de los años, entretanto otros entienden que sólo mató realmente a las personas cuyos crímenes se atribuyó, adjudicándose el resto. Nunca se sabrá realmente. Tampoco su nombre. Y se han barajado varios sospechosos con elementos circunstánciales que podrían incriminarles, siendo el más célebre el ya fallecido en 1992 Arthur Leigh Allen. Y la verdad es que encajaba. El problema es que Allen fue investigado seriamente en varias ocasiones a partir de 1971 y nunca pudo determinarse que tuviese algo que ver con los crímenes o con las cartas. Ni una sola evidencia incontestable que permitiese montar una acusación contra su persona. Incluso venció a la prueba del ADN pues el suyo no concordaba con el que pudo obtenerse de alguna de las misivas.

Robert Graysmith, por su parte, siempre estuvo convencido de que Allen era el hombre. Pero esto no puede considerarse más que una especulación. Otra de tantas.


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